¿Evolución e involución?

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Según la famosa ley de Murphy: “si hay varias maneras de hacer una cosa, y uno de esas maneras conduce al desastre, entonces alguien la utilizará”. A pesar de esta afirmación, que ha dado lugar a muchas otras no menos catastrofistas, el famoso ingeniero aeroespacial norteamericano no tenía, como habitualmente se cree, una visión totalmente pesimista de la realidad. Al parecer, se trataba de un hombre bastante inteligente y prudente, metido en experimentos de gran sofisticación y alto riesgo, que consideraba importante ponerse siempre en el peor de los casos, para no llevarse a engaño y prever sus consecuencias. Mucho más demoledora es la ley Finagle que viene a afirmar que “si algo tiene la posibilidad de salir mal, saldrá mal y en el peor momento”; lo que llevado al campo de la física y la termodinámica se ha llegado a interpretar como que el Universo se caracteriza, entre otras cosas, por una perversidad que siempre tiende hacia el máximo.
Antes de estos supuestos, el cientifismo decimonónico era esencialmente optimista y creía en el progreso ilimitado, casi como si fuera una nueva religión. Pero hace ya bastante tiempo que ese concepto de avance y desarrollo, como algo esencialmente positivo y necesario, ha perdido gran parte de su valor. A nadie se le oculta hoy que lo que llamamos progreso, no siempre significa mejora, muchas veces supone más bien pérdidas, surgimiento de nuevos problemas e incluso retrocesos.
Bienvenida sea cualquier mejora, sobre todo la conseguida en el ámbito occidental y europeo; gracias entre otras cosas al desarrollo de la ciencia y de la técnica. Pero no nos engañemos, quien más quien menos tiene la sensación de que las cosas no van del todo bien, no evolucionan siempre como nosotros quisiéramos. Cuando Darwin lanzó su famosa teoría, en momentos de fe absoluta en el progreso, a nadie se le ocurrió pensar que las cosas podrían tomar el camino contrario y que fuera el hombre, animal racional, el que se estuviera convirtiendo en otra cosa por degeneración. En este caso, lo lógico sería defender todo aquello que verdaderamente nos hace humanos, frente a lo que nos lleva, según las leyes antes citadas, a convertirnos en bestias más o menos nobles. Pero esto de degenerar parece que está de moda, un ejemplo no muy traumático pero significativo: para qué vestirnos si podemos andar desnudos como los animales; mira que eran tontos nuestros antepasados. Menos mal que tenemos líderes y lideresas que nos animan a quedarnos en pelotas en playas y piscina, para que podamos disfrutar en el nuevo planeta de los simios; eso sí, sin necesidad del exterminio de la raza humana, sino por simple mutación de la misma.
 

¿Evolución e involución?