Travestismo político

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Con frecuencia los políticos y sus partidos, a medida que atisban expectativas razonables de alcanzar el poder, moderan sus excesos verbales y sus radicalismos, presentándose como prudentes y creíbles. Este cambio de imagen en medio de una campaña electoral, se conoce como “travestismo” que no debe confundirse con el “transfuguismo”. Este se produce cuando un representante político traiciona a su grupo y compañeros de partido, violando la fidelidad debida a los electores que le han votado y al partido por el que se presentó.
El “travestismo”, por su parte, es conocido popularmente como “lobo con piel de cordero” y el “transfuguismo” como el oportunismo desleal al cambiar de un partido a otro que se considera con mejores expectativas para alcanzar el poder.
Expuesto lo anterior y admitiendo el buen propósito de los políticos que moderan sus posiciones extremas en las disputas electorales, es lo cierto que, pese a ello, tampoco pueden sustraerse al concurso de ofertas y promesas que caracteriza a esas las convocatorias electorales. En ellas, los políticos tratan de eludir “el quien da más” por “el quien ofrece más”, pues como nadie puede dar lo que no tiene o es imposible que tenga, resulta menos oneroso y comprometido recurrir a la promesa, que es una apuesta de futuro no obliga ni compromete de presente. Claro que los más incrédulos afirman que en las campañas electorales, el político más que ofrecer más, a lo que se dedica es a mentir más.
En todo caso, dar o prometer, carece de credibilidad si quien lo anuncia no lo hizo cuando pudo o hizo lo contrario de lo prometido. En estos casos, la experiencia que tanto se ensalza sólo tiene valor cuando la avalan los hechos y no cuando la contradicen.
Es sabido que la prudencia es la principal virtud del político y, sobre todo, del gobernante; pero dicha cualidad no es la preferida por los candidatos al poder. De ahí que la ciudadanía se haya vuelto incrédula ante tanta promesa en el vacío. En esos casos, el voto se ejerce sin convicción; más bien con el deseo de acertar que con la seguridad del acierto.
Tampoco satisface al elector que el político trate de ganar su confianza ofreciéndoles, en víspera de las elecciones lo que no hizo durante todo su mandato.
Finalmente, conviene advertir que en las campañas electorales se cuida, sobre todo, la imagen, la escenografía y el espectáculo. Se presenta a los políticos no como son sino como se quiere que sean. Si las apariencias engañan, no conviene dejarse seducir por el impacto visual y sí, en cambio, juzgarles por sus proyectos y propuestas y, sobre todo, por la viabilidad de su aplicación práctica.
En definitiva, si Cervantes decía “dar crédito a las obras y no a las palabras”, nosotros añadimos ni tampoco a las imágenes, “poses” o “puestas en escena”, por su falta de espontaneidad y naturalidad. En una palabra, porque es más importante el contenido que el continente, es decir, la parte interior de la casa que su fachada o aspecto exterior.

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