Años de aprendizaje ( y II)

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La pasada semana les contaba yo del Rapariz de mis quebrantos y recordaba la manía del insulto que a más de un profesor le llenaba la boca: lo de “cretino” se llevaba la palma y, a su lado, “tarugo”, “anormal”, “burro”, “atrofiado”, “animal” y similares: cuando no te llovían media docena por lo menos, era que algo iba mal; es decir, peor.
Debo recordar empero, con alivio, pues se suspendían las clases, mi participación en aquellas manifestaciones que, auspiciadas por Falange española y de las JONS, contaban , cómo no, con el beneplácito de la academia. El motivo: protestar contra la Pérfida Albión, que no nos devolvía lo que históricamente era nuestro; “Gi-bral-tar-es-pa-ñol” era la aireada consigna y a ella nos ateníamos. Otra cosa era la “procesión” a la Plaza de Armas, donde un grupo de misioneros, redivivos Savonarolas, nos hablaban con retórica tremendista del heroísmo de los misioneros y tronaban contra el pecado, el vicio y la inmoralidad, al tiempo que amenazaban con todas las penas del infierno y advertían de una muerte que llegaba sin avisar. Cierto es que del colegio salíamos trescientos y a la citada plaza llegaban no más de cuarenta, el resto se “despistaba” a toda velocidad por cruces y bocacalles.
En materia de predicación era la mujer la peor parada, pese a que ellas llenaban las iglesias mientras que, en la misa, los escasos hombres se arracimaban al fondo, cerca de las puertas y prestos a salir para volver al pitillo. Un centímetro imprudente de escote, una falda de tela algo escasa (las conocidas “tubo”) o unos brazos descubiertos eran atisbados por el predicador de turno desde la privilegiada atalaya del púlpito y más de una “pecadora” hubo de abandonar el templo, sofocada y sonrojada. ¡Ay, señor! Decía Unamuno que en España se permitía el desvestido, pero no el desnudo. De hipocresía y fariseísmo nunca anduvimos mal.
Pero vuelvo a Rapariz para reivindicar algunos nombres. Don Manuel Fuertes, un señor. Doña Eladia y Doña María, sendos lujos. La señorita Miño, una belleza (aguantó poco en aquella selva). La señorita Cordero, seria y exigente; aprendías Geografía quisieras o no. El licenciado Purriños, que nos acercó al francés, lengua y literatura. Ya ven que el gremio de profesoras estaba bien representado. En fin, don José Leyra, pintor y abogado que no ejercía, galleguista de corazón. Yo creo que a veces le dábamos pena y en más de una ocasión se enfrentó con la dirección para defendernos. Era gran contador de anécdotas. A mi compañero José Antonio Rodríguez Tenreiro y Romero Mella, a quien daba unos minutos de inglés, le espetaba: “Siéntese, don José Antonio, le pongo un uno por los apellidos”. Cierto día nos habló de la desdichada Beltraneja y de los no menos desdichados nobles gallegos que la apoyaron en sus aspiraciones como reina frente a Isabel de Castilla. Citó el libro de don Gregorio Marañón sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo. Publicado en la Austral de Espasa-Calpe, fue lo primero que yo leí fuera de los libros de texto. Y mal que bien, lo entendí. Recuerdo, en cambio, el pasmo que le dio al librero de la Central cuando le pedí “Nada”. ¡”Cómo que nada”¡, me replicó en buena lógica; “pues sí, le dije, “Nada”, de Carmen Laforet, Premio Nadal”…”Bueno, ¡eso es otra cosa!”.
En materia de lecturas “extra” había en el colegio verdaderos maestros, especialistas en novelas de vaqueros (Marcial Lafuente Estefanía era el Balzac del género) o del oeste. Doblaban el libro bajo la tapa del pupitre y se protegían con el brazo izquierdo apoyado entre la mesa y la cabeza. El resultado era excelente, pero Don Manuel Lojo, que gobernaba ojo avizor la nave de la sala de estudios, descubría a más de un embelesado lector que, además, se quedaba sin novela. Por cierto que las de la asturiana Corín Tellado hacían furor entre el público femenino. En 1959 empezaron los seriales de radio y ahí fue Troya. Abrió el fuego “Lo que nunca muere”, de Sautier Casaseca y Luis Alberca. Pero el lagrimeo se hizo torrencial, al año siguiente, con “Ama Rosa”. Presentado en el Teatro Principal de Santiago, los estudiantes acudieron con almohadones, sábanas y toallas para llorar a moco tendido y poder secarse los lagrimones. “Salid sin duelo, lágrimas corriendo”, escribió hace siglos Garcilaso de la Vega, príncipe de nuestros poetas, en un verso que viene aquí pintiparado.
El francés era en la enseñanza idioma único. De nuestro grupo, solo Guillermo Cano estudiaba inglés. El profesor Purriños nos enseñaba canciones tradicionales como “Al pasar por la Lorena/ con mis zuecos…” y nos leía poemas. Uno de ellos de Paul Verlaine (a quien rindió admiración el divino Rubén Darío), empezaba así: “Llueve en mi corazón como llueve en la ciudad…”, composición elegante, musical, melancólica. Para preparar mi examen de Preuniversitario yo compraba y leía “Le Figaro” y al tiempo, iba al muelle cuando fondeaba la escuadra francesa y sostenía alguna conversación con algún marinero que preguntaba finalmente por ciertas “casas” que solían abundar en los muelles. Cuenta Torrente Ballester  que lo mismo pasaba cuando la escuadra inglesa fondeaba en Villagarcía. Las madamas de los prostíbulos, sabedoras del gusto de la clientela, ponían telegramas solicitando ayuda laboral a sus compañeras de la capital coruñesa,  advirtiendo: “Gruesas y tetudas, que son para ingleses”. Dispensen ustedes.

 

Años de aprendizaje ( y II)