APRENDICES DE CÉSARES

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Ya Mariano Rajoy, por leproso, aunque haya conseguido mayor número de escaños y votos que ningún otro, ha sido expulsado de la polis y condenado al ostracismo público. Lo han decretado esos muchachotes sanitarios que trazan líneas rojas de edad para desempeñar cargos representativos. Quizás también animados por querencias de odio y antipatías personales que únicamente tienen explicación en la envidia tiñosa o avidez por alcanzar La Moncloa y comprobar que dice  adiós cuando parecía más cerca que nunca. 
Pues estos neófitos catecúmenos, Pedro Sánchez y Albert Rivera, despojados de ropa y sin rubor, adánicos, han mostrado todas sus miserias de aprendices de brujos. Son los idus de tres meses que resuenan como rataplanes de aquellos césares homólogos inventariados por Suetonio. O los pitagóricos que fundamentaron en el descubrimiento del número su “arkhe”, sustancia primordial para alcanzar la presidencia del poder ejecutivo.  Sin embargo cometen un error imperdonable. Pues para nosotros hoy el número es una abstracción mental, ente de razón; pero para Piágoras y los suyos era la más real de las cosas. Así nuestro “aspirantes” vuelven a confundir el deseo con la realidad.
La ambición y la soberbia inculcada por los aduladores y cobistas que les acompañan, transforman sus idiosincrasias cegándoles hasta el punto de creer que un buen físico y modesta inteligencia les ayudará a engañar al pueblo prometiéndoles cheques de lengua incobrables porque no hay dinero en la caja estatal. Brotan muchas corrientes mediáticas falsas y funciona internet deparando una España ideal sin consistencia. Rajoy es lo que es, con sus grandezas y defectos; sus contrincantes pioneros todavía no han demostrado nada ni sabido abordar el problema crucial de la ciencia política y el logos filosófico: ¿Por qué existe el ser y no la nada? ¿Por qué existe el ciudadano? ¿Por qué debo representarlo yo?

APRENDICES DE CÉSARES