La corona del virus

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a verdad que creo que el título está bastante atinado porque este es el único tema que impera actualmente entre nosotros. Y ya estoy un poquito harta.
Lo primero que no entiendo es la complicación de asimilar que esto no es ninguna epidemia. Vamos a ver: en Ferroliño, ahora que estamos de capa caída, somos algo menos de setenta mil personas. El coronavirus en todo el ancho mundo ha matado -por ahora- a menos de cuatro mil. En serio, pandemia ¿dónde? No lo veo. Esto se nos está yendo de las manos y cada vez las medidas son más alarmistas y menos consecuentes. Quizá llegue un momento en que las cifras empeoren y nos veamos arrastrados por unas cifras de morbilidad que no somos capaces de gestionar, pero hasta entonces, calma.
Tenemos los supermercados de media España arrasada, como si esto fuese la peli de “28 días después”. Y oigan, si hay que blindar la nevera de 1906 se blinda, pero para montar un fiestorro, no porque creamos que ha llegado el apocalipsis. Los niños en Madrid no van a acudir al colegio durante los próximos quince días, pero ojo, en otra situación nadie se alarmaría de que entre ellos se pegasen desde mocos hasta piojos. También se deciden jugar torneos deportivos a puerta cerrada, mientras que se dan mítines políticos multitudinarios o se permiten manifestaciones masivas, aunque sea para defender la libertad del gusano rojo peludo, que está en peligro de extinción. Ya no quiero ni entrar en que se vete la celebración de la Semana Santa, porque ya les voy avisando de que me enfundo el hábito y salgo en procesión aunque sea yo sola. El capuz me protege. 
¿Qué será lo siguiente? Que no vaya a trabajar porque un centro comercial es un medio de exposición muy amplio, que no les dé un beso a mis padres cuando los vea porque son un sector de población vulnerable por edad o que me tenga que lavar las manos cada vez que intercambie algún billete con mis clientes. No sé dónde se para este sindiós. 
Y ojo, para nada apoyo que no se tomen normas cautelares o incluso expresas en los casos positivos. Pero con cabeza, cordura y sentido común. No avivando un fuego que permite arder libremente la hoguera de cuantos hipocondríacos y alarmistas viven entre nosotros. 
Seriedad, señores, seriedad. Y mesura. Que nos estamos “coronando”. 

La corona del virus