Jóvenes insensatos

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La llegada de la pandemia, entre otros muchos desastres, ha empoderado a unos jóvenes que ya de por sí estaban bastante subidos. Chicos que, obligados a convivir más horas de las deseables con sufridos padres que no supieron pararlos en su debido momento; se atreven a desafiar e incluso a morder la mano que les da de comer sin calibrar siquiera las consecuencias del acto en cuestión o pensando que “papá siempre acaba perdonando”.

Tiranos en miniatura que creen que el virus se inventó para fastidiar sus salidas y que consideran que ellos son el centro del universo, así como que los más “guays” son los más atrevidos. Aquellos que se pasan las normas por el arco del triunfo, que ventilan sus mascarillas mientras estas cuelgan de una oreja y que organizan fiestas clandestinas en casas o en lugares que creen ocultos para los torpes policías.

Y, mientras, sus padres no saben detenerlos. Les han dado tanto poder, tanta libertad y tanta confianza, que la sangre de su sangre ha subido hasta sus barbas y ahora los ahoga. Los asfixia de llamadas de atención, faltas de respeto y hasta multas. No saben detenerlos y, por si fuera poco, están obligados a convivir con ellos.

Durante el confinamiento más extremo, estos niños amargaron las existencias de unos progenitores que, en muchos casos, se sentían acorralados en sus propios hogares. Entonces, fueron muchas las peticiones de ayuda por parte de los adultos. Sus casas ardían en fuegos artificiales porque el enemigo estaba dentro y el bicho asesino esperaba fuera agazapado. La situación era doblemente lamentable.

Una vez liberados del cautiverio y, tras un verano de desenfreno y fiestas con mascarillas postizas, se implantó este nuevo encierro por el que atravesamos y que impide a muchos insensatos salir a desmadrarse… Así que, dispuestos a seguir haciendo lo que les viene en gana y ante unos padres acostumbrados a callar por no discutir; algunos jóvenes continúan citándose en las redes y desobedeciendo orden tras orden. No existe problema para ellos porque, si hay problemas, ya pagará papá. Él siempre lo hace. Él nunca deja a sus hijos en la estacada. Él es bueno y así le va… Los malos son los políticos y esta sociedad estúpida que no sabe hacer las cosas. Ellos, sin embargo, son estupendos.

El verdadero problema es que, más allá de ser descubiertos y de pagar o no multas, estos chicos se exponen y nos exponen sin piedad. Porque el virus brota en los espacios concurridos, donde los aerosoles danzan a sus anchas y el ambiente está cargado. Donde el alcohol desinhibe y, a partir de ciertas horas, todos los gatos son pardos. Y entre gato y gato, abrazo, caricia, salpicadura, rozamiento o vaso compartido; llega la enfermedad.

Muchos no la notan porque son asintomáticos. Otros ven los efectos pasados unos días, pero todos ellos son transmisores. Y la transmisión mató al gato, que muchas veces es el abuelo, o algún anciano del entorno más cercano. Alguien que, sin comerlo ni beberlo, es asesinado por aquel a quien más quiere. Una tragedia sin dimensiones que, pasados los años y cuando esas cabezas aprendan a pensar, llenará sus vidas de remordimiento y de vacío.

Pero mientras, tendremos que seguir escuchando que los padres de menganito no lo hacen así, que los que lo hacemos somos unos histéricos y que esto es un invento del gobierno para matarnos a todos por medio de una vacuna que acabará por rematarnos con una vacuna envenenada. Vivir para ver y escuchar para perder el tiempo.

Jóvenes insensatos