¡Vaya cuadro!

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l fin de semana pasado acudí a la experiencia que el museo Thyssen trajo hasta el Museo Naval y aunque corta, fue lo más. Ya saben: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Aquello es casi para ir a echar la tarde con unas palomitas viendo cómo reacciona la gente. No sé si saben de qué va el tema, así que les pondré un poco en situación: a la persona la meten en una estructura con forma similar a la de un iglú y le ponen unas gafas que parecen de bucear, pero sin tubo y con cables. Para mar no sirven. Total, que allí el muchacho o muchacha en cuestión que esté dirigiendo el cotarro te indica qué pasos dar y a partir de ahí vas por libre. Eso sí, normalmente muy perdido... Verlo desde fuera de verdad que hace mucha risa, tanta, que yo pedí que me grabaran y al salir cuando lo reproduje, me reí lo más grande. 
También debo aclarar que yo por días estoy medio sorda y mi guía debía de tener anginas así que poco nos entendíamos. Muy loco todo. Pero lo importante es lo que vives allí dentro. Imagínense, qué subidón, cuando estás como paseando por una sala de museo que rinde culto a los paisajes de Van Gogh y así de fácil, traspasas el marco del cuadro y te plantas en el mismísimo prado francés pintado allá por mil ochocientos y pico. Pero ya no es sólo eso, es que además puedes ir caminando y dar un paseíto considerable. De verdad que a mi me explotaba la cabeza. Luego, como Pimpinela, pegas la vuelta y te asalta Nueva York visto bajo el prisma de Mondrian, así que allí, a salvo de ruidos propios de la ciudad y el tráfico, nada más que había formas geométricas y vacío. Una sensación mazo rara, porque dices tú: ojito, que doy un paso más y me desplomo con todo el cuerpo sobre el suelo de la Quinta Avenida. Muy Mondrian todo, porque eran sus típicos colores rojo, azul, amarillo... Un clásico, pero muy moderno. Y para cerrar, ahora que estábamos en lo mejor, acostumbrados ya a vivir en una dimensión paralela, comienzan a volar a nuestro alrededor un montón de flores que corren a unirse para formar un bodegón, parece ser que holandés de hace cuatro siglos, pero de autor desconocido, cosa que es pena, porque a mi me pareció precioso y deberíamos poder rendir homenaje a quien lo haya creado. 
Y ahí se acaba todo, tú ya no sabes ni por dónde te da el aire al volver a este mundo terrenal, todo te da mucha pena de lo corto que ha sido y piensas si no reservar otra cita para el día siguiente. A mi me ha encantado y ojalá que alguno de los que estén leyendo esto, hayan ido y tengan un recuerdo similar. Larga vida a la realidad virtual. 
 

¡Vaya cuadro!