El amor en los tiempos del coronavirus (I)

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oy no vengo cual otras noches, loco, apasionado, porque hoy traigo una pena, que a mi pecho destroza, Magdalena”
Ya ven que hoy esto va de citas o parafraseos, pero es que esta línea de Don Mendo ilustra perfectamente mi estado de ánimo señores, porque desde que vivimos en aislamiento, la vida es una penita.
Durante esta reclusión -y lo que nos queda- estoy más sola que la una y sólo veo algún día suelto a mi novio (sí, ha ocurrido un milagro y hay un hombre en esta tierra que ha decidido aguantarme) así que paso todo el tiempo en casa, salvo cuando bajo casi como una furtiva al supermercado y lo cierto es que mis emociones suben y bajan cual montaña rusa. Yo siempre he sabido que nuestra naturaleza se basa en relacionarnos. Mejor o peor, siendo más o menos cercanos, queriendo en mayor o menor medida la proximidad de otros seres, pero lo que está claro es que aislarnos no trae vida a éste mundo. Salvo en un caso como este, claro. 
Nunca he echado tanto de menos poder ir a ver a mis padres, aunque fuese para quejarme de alguna tontería. O estar en una terraza, si el tiempo lo permitía, echando una cerveza con mis amigos. De haber perdido la posibilidad de salir en Semana Santa ni me hablen, que la procesión va por dentro. Nunca mejor dicho. Pero lo cierto es que la agonía de no poder socializar me ha permitido reconocer cuál es la esencia verdadera del ser humano. Y es que sin tocarnos y vernos, no somos nada. 
Un vivo ejemplo de esto es la solidaridad que cada día vivimos desde las ventanas de nuestras casas cuando un vecino pone música o salimos a aplaudir en señal de convivencia, aunque sea a metros y con el vacío ante nuestros pies. Los patios de luces son los nuevos puntos de encuentro. Mis vecinos en este momento están coreando: “oooootra, ooooootra, oooootraaaaaa” Como si del mejor concierto se tratase. Pues qué bonito.
Así que les pido que cuando todo esto pase, cuando sea el recuerdo lejano de un mal sueño, no olvidemos del todo lo vivido. No nos dejemos arrastrar por la rutina de nuevo ni demos por sentado que tenemos el tiempo a nuestros pies, porque no es así.  Valoremos la calidad de vida que nos aporta la libertad y dejemos a un lado un materialismo imperativo, siendo conscientes de que un beso o un abrazo, no nos lo paga nada. Amén. 

El amor en los tiempos del coronavirus (I)