El retrato descolgado y el fin de una era

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Por si fuese necesario para testimoniar el fin de una era ahí está esa fotografía, ampliamente difundida en la que unos operarios descuelgan el retrato de Juan Carlos I de las paredes del Parlamento de Navarra. Ha sido la más publicitada, pero no la única ‘caída’, me dicen, de aquel retrato. La verdad es que Juan Carlos I, el llamado ‘emérito’, ya no es el jefe del Estado. Pero, claro, no vamos ahora a engañarnos: su descenso a los suelos se debe a otras motivaciones y sobre ello quisiera reflexionar un par de minutos con ustedes.
Porque no cabe duda de que no son solamente las muy lamentables actividades ‘financieras’ de Juan Carlos las que han propiciado el ‘descolgamiento’. Nunca como ahora se había producido una tal ofensiva sobre la institución monárquica como ahora y esa ofensiva no se va a detener, me temo, a considerar si el actual Rey, de probada integridad y dedicación a la ‘causa país’, tuvo o no que ver con lo que hiciese su padre.

A Felipe VI hay que reconocerle que, en sus seis años de reinado no le han faltado sinsabores y disgustos que su padre no conoció mientras ocupó el trono. Y, ciertamente, algunos de estos disgustos, los más amenazadores a corto plazo, le vienen de los propios manejos de Juan Carlos I, cuya trayectoria en favor de la democracia temo que quedará empañada por todo lo que hemos ido averiguando sobre otras actividades de índole ‘privada’, vamos a llamarlo así. No, Juan Carlos, inviolable hasta el final, no irá a prisión; ni siquiera será investigado. Pero su figura quedará empequeñecida en la Historia y la última parte de su vida transcurrirá en manos de dos fiscales, uno del Supremo español y otro del cantón de Ginebra. Una triste recta final. Pero cada palo ha de aguantar su vela.

Creo que, una vez caídos inexorablemente los retratos de Juan Carlos, habría que afianzar en los muros los de Felipe VI, a quien sigo considerando el mejor Rey de la Historia de España, teniendo en cuenta todas las circunstancias históricas y políticas. Don Felipe sabe, sospecho, que el despacho en La Zarzuela habrá de ganárselo día a día y que, para conservarlo, tiene que salir frecuentemente de él, estrechar manos, prodigar sonrisas, ser generoso con su tiempo y con sus afectos. Considero positiva esa gira de los reyes por todas las comunidades: el monarca gana de cerca. No siempre acierta en su política de imagen y relaciones públicas, porque su entorno le lleva en ocasiones a una excesiva prudencia rayana en el inmovilismo. Pero ahora tiene su oportunidad.

Para nada pienso que estén en lo cierto algunos colegas que aseguran que el presidente actual del Gobierno, Sánchez, alberga entre sus planes “cargarse la Monarquía” y ocupar -palabra de honor que se lo he leído a un importante y, por otro lado, muy admirado y reconocido periodista- él la presidencia de la República. No digo yo que algún sector del Ejecutivo, y usted sabe muy bien a quién me refiero, no albergue planes para socavar la forma del Estado, y reconozco que puede estar legitimado para ello, por muy inoportuno e impertinente que ahora nos parezca.

Pero no es el caso de Sánchez, que sigue siendo el que manda y a quien se vota: puede que no sea un monárquico entusiasta, pero de ninguna manera sería tan irresponsable como para, en esta crisis que vivimos, propiciar la más importante de las mudanzas: sabe bien que sería su final político. El es un resistente, para lo bueno y para lo malo, no un revolucionario de salón, como sí lo es su vicepresidente. Sospecho que esa alianza de gobierno durará menos, mucho menos, que la Monarquía en España. Y, sinceramente, debo decir que me alegro.

El retrato descolgado y el fin de una era