Overbooking

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A esto hemos llegado, a ser tratados como una mercancía devaluada.
Me ahorraré el relato de los hechos ocurridos durante mi último viaje con la compañía Vueling –que se resumen en una pérdida de conexión por retraso, recolocación en un vuelo alternativo y retraso del mismo– y que, desgraciadamente, constituyen el pan nuestro de cada día en los aeropuertos españoles, con el beneplácito de las autoridades y la más que justa indignación de los pasajeros. 
No están muy lejanos los tiempos en que los puestos de trabajo en aerolíneas gozaban de cierto prestigio y los pasajeros éramos tratados como tales, pero en los últimos diez o quince años las cosas han cambiado tanto que cualquiera que pise un aeropuerto para iniciar un viaje lo hace completamente vendido a las políticas de negocio de las compañías aéreas, políticas para cuyo entendimiento,  yo, o bien debo de poseer una incapacidad manifiesta o bien, con toda la mala intención del mundo, relaciono directamente con prácticas poco ortodoxas y descarada sinvergüencería. 
No es precisamente miedo a volar lo que yo siento, pero sí una pereza mayor cada vez que he de tomar un avión. Soy perfectamente consciente de  la necesidad de todas las medidas de seguridad y acato las normas y los controles establecidos con la absoluta certeza de que se realizan por un imperativo superior, soporto las colas de facturación y embarque con paciencia benedictina y acepto las incidencias por causas de fuerza mayor, pero un sentimiento de rabia e impotencia se apodera de mí cuando veo los derechos de todos constreñidos en las muecas burlonas e impasibles del personal a sueldo de la compañía, por otra parte tan vendido como nosotros, en cuyo salario se incluye tanto la obligación de dar la cara por unos impresentables que, a fin de cuentas, le dan de comer, como la vil servidumbre de tender la mesa cada día y poner sobre ella un plato de lentejas.
El antiguo prestigio de las aerolíneas está hoy, más que nunca, por los suelos. El hecho de comprar un billete y pagarlo religiosamente no garantiza de antemano que la compañía no se haya pasado el debido respeto a su cliente por el arco de triunfo y no haya vendido su asiento más de una vez, empaquetado en una legalidad que para sí quisieran muchos pequeños empresarios honrados y decentes a los que no son de aplicación las prebendas y los laxos reglamentos que permiten a las compañías aéreas operar en condiciones de, cuando menos, dudosa moralidad.
Por los suelos, y no sólo metafóricamente hablando, estamos también los pasajeros, tirados en aeropuertos como bultos incómodos, esperando finalmente  no tener que ganarnos nuestro asiento por medio de métodos más expeditivos que aquellos que recomiendan los manuales de buena educación. Por los suelos y más ultrajado que un felpudo, está nuestro derecho a ser indemnizados, algo que reiteradamente una máquina programada de antemano  rechaza con una velocidad pasmosa y con las burdas e increíbles mentiras de un papagayo previamente aleccionado por su amo.
Tristemente, este es el panorama con el que nos encontramos cada vez con mayor frecuencia y, especialmente, con determinadas aerolíneas. Somos una mercancía, un montón de fardos que han de ser transportados, no importa en qué tiempo, si el que se pierde es el nuestro, mientras del aire salga la ganancia. Por supuesto, claro está, con la cálida bienvenida y el agradecimiento hipócrita con que pretenden acallar nuestra agotada paciencia cuando entramos y salimos del avión.
Yo no entiendo las entretelas de este negocio,  pero lo que sí veo con claridad meridiana en este despropósito es que siempre perdemos los mismos y que, en consecuencia, nuestra indignación tendría necesariamente que ser un clamor en los oídos de quien corresponda para exigirle, en la lengua del pueblo llano que trabaja y paga sus cuentas, que le eche bemoles al asunto y acabe, de una vez por todas, con este engaño infame. Porque han de saber, señores del gobierno, que no todos los que arrastramos nuestras maletas por los aeropuertos gozamos del privilegio –permítaseme la doble intención– de  vivir del aire.

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