CARLOS ALBERT

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Expone en la galería Atlántica el escultor Carlos Albert (Madrid 1978) que forja el hierro con sabiduría de fuego, buscando imprimirle torsiones difíciles y caminos abiertos, pero antes lo asienta sobre un punto quieto de la tierra para que parta de su propio peso y de su natural gravidez; es desde aquí que traza arcos, puertas y puentes y lo levanta hacia la curva del cielo, para que encuentre espacio, aire y luz; de este modo, lo denso y plomizo se aligera y el oficio de la vulcánica fragua, donde el dios Hefestos trabaja para sanar su cojera, adquiere un significado alquímico: el de transformar los metales denominados “leprosos”, de darles forma, de vivificar el caos.

No es extraño que haya sido una época tan espesa como la nuestra, tan patética, la que haya buscado dignificar el hierro y haya querido equipararlo a materiales más tradicionales en el oficio de escultor y considerados más nobles, como el bronce; así, de paso, el oficio de herrero cobraba una nobleza que se ha ido acentuando, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, con la invasión del plástico. Hoy, alguien como C. Albert, que no duda en convertir sus masas de hierro fundido en aéreas líneas, en arquitecturas que combinan de modo rítmico lo abierto y lo cerrado, lo recto y lo curvo, lo quebrado y lo liso, que convierte en dinámico lo que de por sí es estático y que además busca introducirle “palabra” para que hable de emociones a lo que es opaco y callado, tiene, desde luego, un mérito especial, como lo tuvieron sus antecesores Gargallo y Alberto Sánchez, entre otros.

Ello supone aceptar el desafío del homo habilis, de la inteligencia de la mano, de la lucha titánica con la materia, cuando lo que se estila es lo virtual, y cualquier tonto con un incipiente concepto cree que ya es artista. C. Albert transmite a su mano la onda de la playa, el potente trazo del rejoneo, las revoluciones del viento Mistral, los surcos de la siembra, el llanto del violín o los tránsitos del eterno camino; también yergue arbotantes, baluartes, atalayas y alcazabas o crea acogedores nidos; a veces, le nace una máscara de guerrero, un ensueño goyesco o el recostado torso de una sugerente Afrodita. De pronto, moldea un corazón, abre una matriz y entona así –según el crítico Tomás Paredes– “su canto ferruginoso radiante”, desde el que vuelan alas, se perfilan horizontes o le brota al día una nueva sonrisa, enmarcada en hierro y en fuego.

CARLOS ALBERT