Del clamor de España

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Y ahora qué, qué viene ahora, era de preguntarse, con inquietud explicable, con desesperación también, después de que el aquelarre del referéndum catalán no fuera evitado mucho antes de su consagración escénica, de su ceremonia de títeres… Cuál sería el plan, era la pregunta inevitable, para seguir sangrando España con la sedición catalana… Y cuánto, y a cuántos más, tendríamos que seguir escuchando, con esa suerte desafinada de corifeos salmodiando la necesidad de diálogo, de consenso, de acuerdos… Proclamas y rogativas, que de todo hay, bien amplificados con el catálogo conocido de los medios de comunicación, esos sobre los que habría que actuar en recta exigencia de ecuanimidad y mejor juicio, naturalmente imposible para su espíritu de informar, sea de entender deformar, mejor acaso mentir, deliberadamente mentir, ya por acción u omisión, o comisión, siempre persiguiendo fines abyectos al interés de España, en consecuencia sirviendo con obediencia ciega, y acrítica, a todo este pronunciamiento sedicioso en Cataluña.  Es ese corolario, sorprendente en su concomitancia, entre el estricto nacionalismo burgués, el sector trabucaire de la Iglesia Católica con sus pastorales de sardana y barretina, el independentismo más rancio, violento y desaseado, y las turbias ideas de la izquierda montaraz, ahora mismo casi toda… Sobre semejante panorama, de intención y efectos tan criminosos, el Gobierno de España continúa entre ausente y distante, con un Presidente que, siento decirlo, todo apunta a que la situación le supera con mucho en su posibilidad gestora, en su capacidad de tomar decisiones firmes, rigurosas, extremas en su necesidad, en su exigencia de responsabilidad histórica. Quieren, dicen, los nigromantes del aquelarre y sus secuaces de la trampa, otra España, ergo, no quieren España, que sólo puede sustanciarse completa y libre, y plena, y toda, y con futuro.

El diálogo sólo puede ser establecido entre iguales, desde inteligencias positivas que busquen el acuerdo posible, siempre que no vaya en menoscabo de su convicción esencial. Y es así que la degradación del discurso connotaría el diálogo como potencialmente desigual, arbitrario, en puridad, inexistente, imposible. Nada se puede acordar sobre una proposición depravada, injusta, edificada sobre agravios innobles. El oportuno, y valiente, y certero, discurso de Felipe VI de hace pocos días, tendría que haber sonrojado la laxa gestión del Gobierno. De momento, sin embargo, el “tempo” del Gobierno, de su Presidente, parece otro, y no se sabe cuál, ni a qué espera, ni por qué espera. España está harta, y cada vez más radicalizada, en la exigencia de solución definitiva, pronta y eficaz, a este desafío intolerable. Y desde luego no entendería, ni habría de tolerar, que nada se diga de los cabecillas principales, no sean ingresados bien pronto en prisión con ejemplar condena. El Gobierno tiene que saber que la omisión de responsabilidades, la lenidad en el uso de sus atribuciones, tiene una posible lectura jurídica de importancia no menor, pero sobre todo de un rango moral inapelable ante el juicio de la historia.

Del clamor de España