En el nombre de Dios

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El papa Francisco inauguró este jueves una cumbre sobre la pederastia. Pretende el sumo pontífice hacer públicos los supuestos de abusos a menores por parte de una Iglesia que no solo ha ocultado sino que ha amparado e incluso premiado estos delitos. El pontífice pide perdón por los abusos cometidos y pretende medidas concretas y eficaces para “luchar contra esta plaga, donde no basta la simple condena o la solicitud de perdón”. Llama a los responsables o autores de los delitos para “una formación humana, emotiva y sexual”. 
Cierto que algo es algo porque la Iglesia siempre ha protegido a estos criminales que, lejos de expulsarlos y entregarlos a las autoridades, los iba relegando. En ocasiones, cuando el escandalo era supino se iban a pueblos apartados o diócesis de poca relevancia donde no eran conocidos y así permitían que siguieran con sus prácticas criminales. 
La Iglesia con mayúsculas ha realizado desde siempre una labor encomiable relacionada con pobres y enfermos, el cuidado de niños en hospicios o incluyo la ayuda madres solteras que en otras épocas debían ocultar su deshonra. Pero también ha cometido a lo largo de la historia muchos crímenes y prácticas delictivas de las que no habla. 
Se han dado explicaciones sobre los abusos sexuales cometidos por parte de los sacerdotes diciendo que la culpa es de la homosexualidad. Razón absurda, porque no es delito ni genera tendencia a ello. Tampoco el celibato es la causa de los abusos, porque aquellos párrocos que han tenido pareja o lo han decidido así, han dejado la Iglesia para dedicarse a otra labor ajena a la pastoral. 
 Sin embargo, estas prácticas estuvieron presentes y eran conocidas en el seno eclesiástico. Y esto SI debería hacerlo público la Iglesia. Esta asumió el celibato o la castidad al igual que la resurrección de Cristo y la Santísima Trinidad. Y, como dice el Papa, siempre está la posibilidad de cambiarlo. 
Originariamente no sólo nunca fue prohibido el sexo en la Iglesia, sino que era tan habitual que resultaba escandaloso. No es hasta los siglos III y IV, cuando empezaron los movimientos dentro del catolicismo para que los religiosos practicasen el celibato. Papas como León IX y Gregorio VII temían por la “degradación moral” del clero. Pecados como el adulterio, la sodomía, la violación, el asesinato y el abuso extremo del alcohol, fueron cometidos por muchos papas a través de la historia. Y ninguno de los papas del último siglo y medio, desde León XII hasta Benedicto XVI, han manifestado el más mínimo reproche. Ahí están las historias grabadas en los libros de la Iglesia con letras de sangre. 
El papa Sergio II, obtuvo la oficina papal por medio del asesinato. Su vida transcurrió en pecado con una prostituta de la época a la que engendró varios hijos. Era conocido como el fornicador. Benedicto IX (1033-1045) presumía de sus prácticas sexuales y llegó a robar a los peregrinos en las catacumbas, siendo desterrado de Roma por el pueblo. Del papa Pío II (1458-1464) se dice que hablaba en público sobre los métodos que usaba para seducir a las mujeres, aconsejaba a los jóvenes y hasta ofrecía instruirlos en métodos de autoindulgencia. Pablo II (1464-1471), mantenía una casa llena de concubinas. Inocencio VIII (1484-1942) tuvo dieciséis hijos de varias mujeres. No negó que fueran sus hijos ni que fueran engendrados en el Vaticano. El papa León X (1513-1521) declaró que quemar a herejes era una orden divina. 
En fin, Roma fue todo menos una ciudad santa. Martin Lutero dijo «Si hay un infierno, Roma está construida sobre él». 
Y todo esto, sin olvidar el largo tiempo de la Santa Inquisición donde fueron aniquilados muchos inocentes. O las Guerras Santas ordenadas por la Iglesia. 
Por lo tanto, está bien hacer públicos los delitos a través de la cumbre, pero es insuficiente. La Iglesia debe pedir perdón por los crímenes, entregar a los delincuentes, y realizar acto de contrición por los graves delitos cometidos en el nombre de Dios.

En el nombre de Dios