NO HAY VIDA SIN RIESGO

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La vida humana es una aventura esencialmente arriesgada y peligrosa. El riesgo es compañero inseparable de la vida. Vivir es convivir con el riesgo. Éste nos acompaña desde el momento de nacer hasta la muerte. El dilema es, por lo tanto, renunciar a vivir o aceptar vivir peligrosamente. Esta misma idea la expresa, lacónicamente, el maestro espiritual indio Osho con la frase “si no vives peligrosamente, no vives”. Por su parte, el Dalai Lama afirma que “los grandes logros requieren grandes riesgos”.
El hombre es un animal frágil, bípedo e implume. Es, como decía Nietzsche un ser anormal por la enorme desproporción que existe entre su debilidad física y el gran volumen y potencia de su cerebro.
El riesgo es, paradójicamente, el gran motor que impulsa el progreso y desarrollo del hombre sobre la tierra. En efecto, la civilización e incluso el Estado de bienestar no existirían, permanecerían estancados o desaparecerían si no fuera por los logros científicos y técnicos conseguidos en la lucha contra los riesgos que nos rodean. Puede decirse que el tránsito de las sociedades primitivas a las modernas sociedades desarrolladas de Occidente, se produjo por el avance de los métodos, sistemas, descubrimientos y procedimientos que la inteligencia humana ha desarrollado para luchar contra los peligros y riesgos que, permanentemente, desafían la vida del hombre sobre la tierra. La vida se presenta como una carrera de obstáculos que hay que prevenir, salvar y, en lo posible, evitar.
Ahora bien, lo más dramático de esa realidad es comprobar que por el peligro de las guerras y de su lamentable sucesión y frecuencia, muchos de los más espectaculares avances de la humanidad se deben al descubrimiento y utilización de armas, cada vez más mortíferas y sofisticadas. Efectivamente, como consecuencia de las guerras se produjeron importantes avances en la medicina, sobre todo en la cirugía y la utilización de las armas destructivas con fines pacíficos, proporcionó a la humanidad nuevas y más potentes fuentes de energía para su progreso social y económico. El ejemplo más elocuente de esta observación lo proporciona el desarrollo de la energía atómica y nuclear.
Duro es reconocer que pueda progresar la humanidad sobre el dolor y el sufrimiento de nuestros semejantes. Elevar esos riesgos y peligros a la categoría de males necesarios es difícil de reconocer y aceptar. Los riesgos y peligros que la humanidad sufre a consecuencia de la perversión y maldad de los hombres, no son males necesarios; antes al contrario, son prueba de la crueldad a la que puede llegar el ser humano.
Si el fin no justifica los medios, es inaceptable que los avances de la civilización se produzcan a costa de la “sangre, sudor y lágrimas” de seres inocentes y de poblaciones enteras. Es evidente que el riesgo cero no existe; pero evitemos los que obedecen al comportamiento humano y tratemos de mejorar la vida de la humanidad sin recurrir para ello al riesgo de contribuir a  su propia destrucción.

NO HAY VIDA SIN RIESGO