Ramón Iribarnegaray, en Arte Imagen

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La galería Arte Imagen ofrece una muestra de fotografía de Ramón Iribarnegaray (Santiago de Compostela, 1950), cuyo título Recapitulando_me alude –según confiesa el autor– a una selección de obra de los últimos cinco años, agrupada en cuatro temas: “Estacional”, “Agua como excusa”, “Pueblos al paso” y “ El futuro del teléfono móvil” . En las tres primeras es fundamental la presencia de la naturaleza, captada ya en todo su esplendor cromático otoñal, ya en las nebulosas, envolventes y grisáceas luces de Galicia. La serie “Estacional” recoge, entre otros, los dorados y altos álamos de Soria que podría cantar Antonio Machado, los caminos que llevan a Villalba y Guitiriz, rincones de Ponferrada, de Cecebre, de Ponteceso, del Corvo lucense, de Ponteareas o un espléndido campo de amapolas en Ibiza; el color vibra aquí en todo su esplendor, destacando los contrastes de rojo y verde; pero, para nosotros, la fotografía más hermosa es una vista de O Cebreiro nevado con toda su resonancia de soledad y silencio, acentuados por el solitario caminante que transita por un curvo camino; Ramón Iribarnegaray revela aquí una honda y saudosa sensibilidad que sólo podía ser galaica. Esta misma sensibilidad se manifiesta en las dos series de fotos en blanco y negro: “Pueblos al paso” y “Agua como excusa”; especialmente esta última nos hace viajar por los ultramares  del mar coruñés, por los que se aleja un crucero; o nos orilla en claroscuro junto a dos troncos añosos del monfortino río Cave; o nos deja recogidos en un rincón del viejo molino o entre la misteriosa fronda de una fervenza de Caaveiro; también, en un giro copernicano, nos lleva a Viareggio, en Italia, para que podamos contemplar la escena idílica de un padre y un hijo pescando; o, todavía más, nos pone en pura contemplación zen o animista ante el horizonte marino, ya puro espacio abierto, al que se asoman las tímidas y descarnadas ramitas de un arbusto. 
Su última serie: “El futuro del móvil” es quizá la más novedosa, porque se trata de una docena de instantáneas experimentales hechas con el teléfono, que revelan el ojo avezado del observador siempre a la caza del encuadre irrepetible;  así, el detalle nimio, rompedor, aparece de pronto con toda su intensidad plástica lleno de sugerencias: una tuerca oxidada, el interior de una calabaza, un  antiguo portal de incitaciones extraterrestres, la transparencia de un plástico de terraza que transforma la calle en un baile de líneas o la magia de una redonda lámpara de cristal que de pronto aparece como un enorme ojo en el que se refleja distorsionado el entorno del recinto; hay también lugar aquí para el rincón entrañable del pub Dublin, para la desdibujada carretera que se abre tras la lluvia que da en el parabrisas del coche, o para el pobre sin techo que arrastra su bagaje en la noche de la ciudad. 
La cámara de Ramón se muestra polifacética, abierta y vitalista, recoge con sencillez y transmite con gozo.

 

Ramón Iribarnegaray, en Arte Imagen