El idioma que nos une

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Los idiomas, las lenguas, la palabra es una herramienta fundamental en el desarrollo y progreso de la humanidad.
Es el camino del entendimiento, la negociación y el acuerdo, es el mayor  nexo de unión entre las personas. Un dicho popular lo simplifica y define bien: hablando se entiende la gente.
Aquí tenemos la fortuna de contar con tres lenguas vernáculas –por cierto, nunca tan protegidas y valoradas como ahora– a mayores del idioma común castellano o español como se conoce en todo el mundo.
También  la suerte de ser éste uno de los más utilizados. Es el cuarto más hablado del planeta, después del chino mandarín, el inglés y el indostánico, hablado en el norte de la India y en Pakistán, por este orden.
Si  hablamos de Internet; solo el inglés y el chino mandarín lo superan en usuarios. En el mundo occidental la cabeza la comparte con el primero.
Como todo en esta vida una herramienta o los avances científicos tienen generalmente un doble uso, dependiendo de las intenciones de quien los utiliza. 
En las guerras siempre se ha buscado la ciencia e investigación para destruir, aunque después sus aplicaciones en tiempo de paz contribuyen al progreso.
Los idiomas, para no ser menos, también se pueden utilizar en un doble sentido. Lamentablemente siempre habrá líderes que por intereses personales los tendrán como arma de distanciamiento y hecho diferencial para provocar el enfrentamiento y división en la sociedad; es decir todo lo contrario a su fin principal,  la unión y el entendimiento.
Incluso, no es difícil ver en la historia y en la actualidad el intento de unos pocos de buscar el arrinconamiento de un determinado idioma con fines políticos. Aunque difícilmente se puede llegar a esta meta, baste como ejemplo intentos anteriores en Estados Unidos, donde la marginación del español produjo el efecto justamente contrario, habiendo en estos momentos más hispano hablantes que en la propia España.
Hace ya un tiempo, después de no pocas dificultades, cerraba un acuerdo beneficioso para todas las partes con una naviera alemana, el principal cliente de la terminal de contenedores para la que trabajaba y dirigía en aquellos momentos.  El idioma, el inglés en este caso,  y el encuentro personal fueron, una vez más, fundamentales para alcanzar el entendimiento.
Ya en el  regreso de Hamburgo, viajando con  un colega de otra empresa del grupo, por problemas de horario hicimos escala en Zúrich, por lo que tuvimos que salir de la Unión Europea.
En el control de pasaportes me sorprendió una inusual y larga  inspección del mío, incluso fue doblado como queriendo ver si la fotografía se desprendía fácilmente –entiendo, pensando en una posible falsificación–.
A  la hora de la revisión de equipajes dos policías me esperaban y comunicaban que debía acompañarlos para una inspección a fondo de mis pertenencias. Metido en una estrecha cabina con uno de ellos, la verdad es que la situación empezaba a ser algo tensa, desagradable.
En un momento dado, al ver que era español, el funcionario me comentó su procedencia italiana, con lo que cambiamos a éste idioma; el hielo se rompió y prácticamente acabó pidiendo disculpas por el especial tratamiento, argumentando una alarma de terrorismo,  supongo que también ayudó el hecho de que yo  no portaba pistola ni armas químicas. Una vez más el idioma y las ganas de entenderse dieron un resultado positivo.
Nuestro vuelo final a Oporto, de allí volveríamos por carretera a Vigo, lo hicimos en una aeronave de la Tap portuguesa.
Ya en el aire mi colega hablaba  un inglés “tan difícil” que fue la única vez que oí decir a una azafata que no era capaz de entender. Yo por supuesto tampoco. 
Entré en la conversación y le pregunte –para alivio de la profesional– teniendo en cuenta que la señora era portuguesa porque no le hablaba despacio  en gallego o español pues nos entenderíamos sin ningún problema. La señora quedo aliviada y  sonrió  agradecida.
Llegó la hora de la cena y al preguntar por las bebidas pedí: Um vinho  do Douro Português. !Do melhor do mundo! Aunque el vino servido escaseaba, puedo asegurar que en mi cena se multiplicó como los panes y los peces en la Biblia, en todo momento mi copa estaba llena.
Ya desembarcando la azafata nos despidió con una amplia sonrisa y cara de satisfacción.
Una vez más el idioma-a pesar de alguno-había servido para unir y entenderse, haciendo el viaje, la vida, más satisfactoria y agradable, a lo que desde luego también contribuyó “la abundante cena”.
 

El idioma que nos une