La nietísima en Meirás

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Vaya por dónde, aquello que tanto había dado que hablar, por esa cuestión tan nuestra de hacer de la capa un sayo, no preocupa este año a los gallegos, que es tanto como decir a nadie al margen de la política, tan dados como somos a opinar y aportar soluciones para cuantos males nos caen o se nos antojan. Ahí esta, como muestra, la nietísima del dictador, posando en exclusiva para el tan denostado, pero vorazmente demandado, papel cuché, ante una de las fachadas del pazo de Meirás, ya saben ese mismo que entre otras muchas cosas recibió Franco de un “pueblo agradecido”, cuando no del oligarca de turno, fuese o no por iniciativa propia o por simple “recomendación”. Y por su hijo, consorte y nietos, nada más y nada menos que el heredero al trono de Francia, que suena o huele a folletón alquitranado.
Así que delante de las ilustres piedras o entre los tapices, el Pazo de Meirás es más noticia este verano por la acostumbrada presencia de la susodicha familia que por la carencia, ya ostensible, de visitantes, sobre todo aquellos que demandaban la plena recuperación de terruño y vigas para el solaz público.
Algo de color aporta a la monotonía veraniega, excesivamente protagonizada por fiestas de toda índole en todo el país, y por las acostumbradas estadías de políticos de todo signo –incluido el presidente del Gobierno– en Galicia, a punto de mostrar a Angela Merkel las excelencias de Compostela, esto de que por aquí también se acerque quien, posiblemente no queriéndolo, pero fruto de la ilusión del abuelo por ver su tronco enraizado en la nobleza y la monarquía, casó con la alternativa al rey Juan Carlos, tal vez por si éste le salía rana y no prometía lo que juró, ya saben, aquello de los sacrosantos principios del Movimiento Nacional, que ya iban entonces al mismo paso que el dictador. Color y hasta folclore, porque sería impensable contar los saraos, amores, ilusiones y desventuras de persona tan inesperadamente rupturista con los desginios de su abuelo, satisfacción por otro lado suficiente como para verla hasta entrañable, no como a quien yendo de tan negro como fue en calidad de viuda de España, más sonaba que el luto desaparecía al traspasar la puerta. Básica y esencialmente porque la sobreactuación, por algún motivo inexplicable, es sumamente bien percibida por todo hijo de vecino en este país.
Tal vez, incluso, la veamos pasar por aquí, por Ferrol, por aquello de ver la casa natal de la estirpe y en qué situación se encuentra una de las grandes incógnitas que rodea a todo ferrolano, que aun sin interés en ello le puede la curiosidad por saber qué se encuentra entre las dos paredes de la calle María, pese a saberse como se sabe que Paco –ya saben– nació en el Trece, es decir, en Narón, según dicen. Demasiado rural y campestre para tan indisolubre “destino” como el que le aguardaba.

La nietísima en Meirás