No a día de hoy

|

Ni no ni sí, pero no a día de hoy. Ni quito ni pongo Rey, tampoco ayudo a mi señor, si lo hubiere, salvo a uno mismo. O eso debe pensar Pedro Sánchez. Convulso el partido internamente cuando no desesperado y perdido los socialistas lo tienen difícil. Votar no, abstenerse o apostar por una tercera arena electoral. Difícilmente votarían sí ni irían en una coalición. Saben que tendrían más que perder. Salvo lo impensable, que esa coalición la presidieran. Algo que sí ha sucedido en otros países, impensable en el nuestro. Abstenerse en segunda votación después de votar no en la primera es una opción. Quizás la menos perjudicial para Sánchez. Demasiados Brutus, pero éste no estaba solo cuando dieron muerte a Cesar. Conviene no olvidarlo. Aferrarse al no como lo hará también Unidos Podemos y el nacionalismo de izquierda y veremos si incluso el PNV abocaría en segunda ronda a unas elecciones. Es el dilema, o como algunos han proferido, el trilema. A ello hay quién ha apostado por votos afirmativos, votos abstención dentro de la propia formación. No lo tiene fácil Rajoy, pese a todo. Y no lo tiene porque investirse no es tan factible como quería en una ecuación ideal e inicial, gobernar, complejísimo. Cada norma, cada ley, será un mundo y en unas Cortes huérfanas en los últimos años de debate, de búsqueda de acuerdos. ¿Está obligado el partido socialista a facilitar la formación de gobierno por parte de Mariano Rajoy? ¿qué gana o qué pierde con ello? Acaso la repetición de las elecciones ¿debe imputarse a una responsabilidad de los socialistas? Populares y podemitas no facilitaron ni permitieron el intento socialista de marzo con un Rivera que hoy bascula, y parece que se desdice y calla. La incoherencia acaba pasando una pesada factura, cuando no fractura también. Pero ojo, el decir no a ir juntos a la investidura populares y ciudadanos abre una vía para los socialistas. Desde luego descomprime la presión a Sánchez, para quién no es lo mismo enfrentarse a 127 que a 169 más uno de los canarios de cara a una investidura. Rivera trata de salvarse así mismo, pero de paso, quiera o no, lo haga consciente o inconscientemente presta un servicio a su socio de la anterior legislatura, sociedad que le ha costado setecientos mil votos.
La paradoja que sufren los socialistas es la de la indecisión y el estigma de la culpa. Sea como fuere, fuere como sea, fueron vistos en una campaña de culpas ajenas como principales responsables de repetir los comicios por los ciudadanos bien espoleados y azuzados por la estrategia de campaña de su principal rival.
Permitir el gobierno popular con una hipotética pero no cerrada ni imposible abstención en segunda votación es un regalo igualmente envenenado. Los populares son conscientes de su debilidad de gobierno. No empiezan bien si las tablas de esos apoyos son las sagradas de un programa electoral propio cuyo valor puede ser exactamente el mismo que fue hace cuatro años y medio. Es decir. Ninguno. O prácticamente ninguno.
El dilema es un sacrificio, pero a la vez un laberinto. O todos concurren proporcional o igualmente en lo que están dispuestos a ceder o mal nos lo fían.
De entrada o a día de hoy es un no vino a espetar Sánchez a Rajoy quiénes no disimulan ni se molestan su nula empatía recíproca.  Cartas boca arriba, pero no sabemos, de momento, si están todas dadas a estas alturas de una película con visos de rodar una tercera y esperpéntica parte. El entreacto se hace pesado. Sumamente pesado y soporífero. Hoy está todavía más lejana que ayer la investidura de Rajoy, al menos por la vía rápida. No nos engañemos. Solo se trata de leer y querer leer entrelíneas, eso sí, sin astucia.

 

No a día de hoy