A TIENTAS

|

Es de sobra conocida la alegoría de la Justicia. Una mujer ciega sosteniendo una balanza con una mano y blandiendo una espada con la otra. Tres símbolos que representan la imparcialidad y la aplicación de una sentencia equilibrada y, si fuera el caso, contundente.
Pero la venda que cubre sus ojos puede sugerir otra cosa. La Justicia sería ciega, no por imparcial, sino por subjetiva, si no fuese guiada por la Ley, atenta a que la dama siga el camino recto y seguro. Pero si el lazarillo tampoco ve, mal podría conducir el negocio a nada bueno. Peor sería si el lázaro además de ciego estuviese loco. Y en determinadas circunstancias da la impresión de que, efectivamente, está como unas maracas.
A la Ley le falta un tornillo. O le sobran mil. Hay piezas de más, como cuando se descuajaringa algo y al volver a montarlo ya nada cuadra. Décadas de adendas y corrigendas han creado un monstruo. Una dédalo en el que juristas, leguleyos y picapleitos se pierden y se enredan como moscas en una telaraña expresándose en una jerga absurda y contradictoria. Extraños, peculiares y folclóricos jueces pueblan el mundo de la jurisprudencia. Sentencias demenciales que, en nombre de la sagrada Justicia y de la sacralizada Ley, perturban el sentido común. Rifirrafes de carácter ideológico... Barras bravas políticas y hooligans mediáticos que jalean a sus magistrados estrella. Un mismo togado es para unos Robin Hood y para otros, el sheriff de Nottingham. En definitiva, lo que se transmite es un circo en el que nada tiene sentido. Pompoff, Thedy, Nabuconodosorcito, Zampabollos a tartazo limpio.
Un rodillo que amasa sin miramientos al que coja, mientras avisados inmorales aprovechan los recovecos del desmadre judicial para eludir responsabilidades. Tal es el desconcierto que al final tenemos que mantenerle el tratamiento a quien antes estafó, robó, trincó, afanó, malversó, prevaricó, sustrajo, descuidó o se aprovechó solo porque la Justicia guiada por la Ley se atrancó, se despistó o fue tan lenta que el asunto acabó por prescribir. O bien se lió con la coma que cambia el sentido de la sentencia: “Perdón imposible, ejecutar al reo”. “Perdón, imposible ejecutar al reo”.
Nunca tantos casos de corrupción se han visto. Suma y sigue. Se nos cuenta que es gracias a la eficacia de la Justicia. Pero no es tal. Así como el mar devuelve siempre los cadáveres ya olvidados, el tiempo traerá a la superficie a nuevos golfos para que un “No tenga clemencia, señor juez” devenga en un “No, tenga clemencia, señor juez”.
Así está la situación. La de un poder judicial cuyo máximo órgano es un títere de un poder legislativo tejido con listas cerradas y que se nutre de formaciones políticas que son ese caldo espeso y mugriento donde se mueven como bacterias toda suerte de pícaros, trepas y potenciales delincuentes. Y por eso la Justicia anda a tientas. Porque su lazarillo está como una cabra.

 

A TIENTAS