Verás que todo es mentira

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Veo desde mi torreón, un ático, que no haya sofocos, cómo declina la luz del verano, perfilando sombras cada vez más tempranas, dibujando, a veces, espesas nubes de calor que rompen en refrescante agua de lluvia contra el asfalto seco y plomizo, empapando la tierra, también, con avaricia y esa alegre monotonía de las cosas hermosas, esperadas, naturales en su verdad previsible y necesaria. 

Así hubiera recursos para aplicar, por igual, a la sociedad de los gestos políticos de cada día, y sus derivados en sucedáneo de gobierno, por más que no pueda esperarse consecuencia de virtud donde anida tanta mediocridad, tantas limitaciones. Y es aquí, claro, en este marcado carácter contradictorio, donde aparece tan a la vista el desnudo peligro, la pavorosa consecuencia de ser gobernados por incapaces, naturalmente exentos de todo escrúpulo moral, nada digamos religioso, y cuyas conclusiones éticas se acomodan, con todo desparpajo, al breviario genial y alternativo de Groucho Marx, cuya frase “estos son mis principios pero si no le gustan tengo otros”, decidió ante el mundo quién era de verdad el Marx fetén, a salvo bobos solemnes.

Con todo, por más que síntoma muy reconocible en todo el orbe occidental, con esos resabios de gente progre, ellos sí, actuando como reaccionarios contra la libertad, que no saben de qué va el cuento, y haciéndose a todo banderín de enganche donde se acomoden minorías, más o menos confusas, y despropósitos de variada jaez con los que agitar la coctelera de la insurrección, desde la extrema radicalidad del feminismo expansivo hasta el revisionismo rapaz y mendaz sobre el Imperio español en América, eso sí, no me toquen a Mahoma, por supuesto, en ninguna de sus manifestaciones, que son ellos, digo, los progres, personas tolerantes, muy de ley y donde las haya. Y ésta sí ya es piedra de toque, que en el caso de España toma muy especiales características singulares.

Cuando Ortega advierte con su “No es esto, no es esto…”, rectificando la República con intención de clamor, subraya que todo lo que está ocurriendo, lo que estaba ocurriendo en aquella Segunda República de nuestras entretelas históricas, ésa que tantas veces se presenta ahora como modélica y pletórica de legalidad y orden justo, estaba sumiendo a España, al pueblo español, en la desesperación, y envileciendo su historia y su cuerpo social de manera dramática. Y así era, desde luego, de manera muy perfectamente reconocible. 

La perfidia moral de cuanto ocurre ahora, tratando de hacer pasar cinta por bordón, es mentir hasta la extenuación de mayor infamia a cargo de diosecillos de sí mismos, escribidores que farfullan los ritos de sus conocimientos ayunos, que adaptan y tergiversan sus monsergas de iluminados con breviarios de corrección filosófica, es un decir, política y ética, es otro decir, todo un alarde de cohetería de feria, eructos y cambalache para poner España patas arriba a gusto del señorito que le paga, bueno, y el lobby, claro, qué idea, verdad, vaya idea.  Y en esto estamos. 

Uno de los últimos corolarios plásticos de tanto disparate es un ministro del Interior a saltitos en una manifestación colorista, justificando desahogos violentos de algunos exaltados con taparrabos, o sin él, y una juez, María Núñez Bolaños, ahora ya más diligente, pero de la que se reconoció favorecer que el ejercicio de la acción penal, en el juicio conocido como de los ERE, en Andalucía, no alcanzase sus objetivos. 

No sé cómo es posible que nos olvidemos tan pronto de estas cosas, y de tantas otras. Y sobre todo, que tanta abyección no tenga consecuencias. 

Verás que todo es mentira