Una nueva oportunidad de hacerlo mejor

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dan las tres de la tarde en el reloj y empiezan a rugir los motores de los millones de coches que colapsarán las carreteras españolas durante el puente de Todos los Santos. Alrededor de cinco millones de desplazamientos, prevé la DGT. Que una vez más intenta con todos los medios que tiene a su alcance que el que se va sea consciente de que en buena medida volver a casa de una pieza depende de él. Utilizará las cámaras en carretera para supervisar el uso del cinturón y el móvil al volante y hará controles preventivos de alcohol y drogas a cualquier hora del día y en cualquier carretera. Los radares fijos y móviles se ocuparán de los límites de velocidad y desde el aire, helicópteros y drones completarán la vigilancia. Avisados estamos.
Cada éxodo masivo de las ciudades es una oportunidad de hacerlo mejor que en la ocasión anterior. De evitar esos accidentes por arrogancia en los que el que comete la imprudencia se siente con derecho a apurar hasta el milímetro la distancia con el coche que le precede –esos tres segundos que gana por lo visto son básicos para no perder su estatus de macho alfa– o a incorporarse a un carril en el mismo momento en que le apetece hacerlo.
Y al parecer no importa si uno va solo o es responsable de que los suyos lleguen bien. No importa si lo lógico es que ponga toda su atención en la carretera, si suena el teléfono le resulta primordial responder. No importa lo que marquen los límites de velocidad, hay que llegar lo más pronto posible, porque nos gusta conducir, pero solo si podemos hacerlo rápido.
Nos creemos inmortales. Y en estas fechas deberíamos tener bien presente que no lo somos.

Una nueva oportunidad de hacerlo mejor