Carta al poeta Antón Borrazas (Descanse en la poesía)

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Compañero:
 Dejaré que el cielo guarde el secreto de adónde llegan cartas como ésta. Dejaré que el universo sea un lugar de mayor silencio que el lugar en que ahora el aire te acoge sin necesidad de propiedades, luchas o arriendos. Si, como tu sabías, la poesía compra sus víveres en ultramarinos de mares imposibles, no te sorprenderá entonces que te escriba esta carta, aunque no quepa esperar respuesta alguna. Quedará como una interrogación el poema que ahora estás escribiendo en compañía de océanos y vientos, acompañado por la música de pájaros e insectos.  
No siempre estuvimos de acuerdo en materia poética y vital. Sin embargo, toda diferencia parece ahora no merecer ni una linea en comparación con la enormidad de tu ausencia. Aún así, debía aclararlo, porque si hay algo que no soporto es que la muerte convierta todo en elogio protocolario y en falsa belleza. Debemos al compañero y al amigo un retrato honesto que no sea  hipócrita en halagos ni escatime injustamente elogios merecidos. Mi elogio, Antón, te lo da mi tristeza y mi respeto, mi orfandad de poeta que se sabe un poco más solo todavía, porque un hermano, otro poeta, se ha adelantado en el camino hacia los íntimos secretos del no-saber.  
Nos conocimos en unos recitales poéticos que a la sazón yo solía conducir semanalmente, tomando el relevo de quienes habían tenido la idea hacerlos: el escritor y fotógrafo Moisés Suárez y el pintor, actor de doblaje y poeta, Fermín Encinar.
En su bautismo, se había homenajeado a otro “extraño” compañero, viajero urbano, pensador de frase lenta y flaco resuello, pecho de gorrión “vidaherido”, José Cousin, alias “Cousillas”. El también se marchó solo, sin hacer ruido. Se marchó entonces, como tú ahora, Antón, aunque antes habrías de desembarcar una noche con parte de tu tripulación acompañándote en aquel café coruñés de la Ciudad Vieja. Apareciste con tu voz tronadora, tu pinta de “Toro Salvaje” a la gallega, y tu amor temerario y libre por la mar del pirata. Y ahí rugiste, amigo, viento en popa a toda vela… Qué revuelto se volvía el oleaje cuando Fermín y tú cruzabais sendas voces de catacumba y tempestad. Aquello duraba apenas un momento. Después, cada uno, noche tras noche, regresaba al camino nocturno alumbrado por esa cruel estrella del poeta Herrera, que siglos después también seguiría Saxon Grant, por quien supe de tu muerte y cuya hermandad poética conmigo te asegura, Antón, que dos hermanos en la “locura de la luz más allá de lo real”, te van a extrañar cada vez que un mar en calma les hable y van a buscarte cada vez que un océano embravecido los conmueva.   
En aquel café coruñés no nos trataron bien, Antón. Tú lo supiste mejor que yo. Cuando nuestra gracia poética de los miércoles dejó de hacer gracia, nos sepultaron en el sótano del local, para que solo pudiéramos “infectarnos” entre nosotros sin que peligrase la higiene banal de tanto  coruñesito esnob, que no aspiraba a más poesía que la que podía “karaokear” en una canción de Sabina y con unas cuantas copas encima.
Allí  nos dejaron unas semanas hasta que todo aquello murió. Para ti un detalle importante es que nos hubiesen dejado sin escenografía posible y sin micrófono. En ese punto nunca estuve de acuerdo y secundé las censuras de Saxon. Ahora, no obstante, que me paso horas ensayando y trabajando detrás de un micrófono, me doy cuenta de que ni yo tenia toda la razón ni tú estabas completamente equivocado.
La escenografía da color al drama y en un mundo tan ensordecido, no está más de vez en cuando poder utilizar unos decibelios de sobra. Pero en algo no he cambiado, Antón: no se es poeta detrás del micrófono, sino delante.
Lo que hace poeta a alguien es esa inexplicable unidad entre una afinada sensibilidad por los detalles y una alquimia del verbo. Por eso,  Antón, tu fuiste, eras y serás poeta antes de cualquier micrófono más acá o más allá de la Estigia. Lo eres por tu piratería de más de cien versos por banda, por “teus paxariños voadores e perdidos”, “polos teus cabalos”, por tu Artaigo y tu hartazgo. Y me dijeron que habías dicho que estabas cansado de vivir. ¿Es cierto?   
A pesar de esta carta, sabes que no nos tratamos tanto, y sin embargo tu partida me ha excavado el dolor hasta el llanto. Solías venir a mis conciertos y hasta en una ocasión intentaste presentarme a alguien que pudiese conseguirme alguno más. Yo seguí a mi aire la historia de exilios poéticos que llevaron a aquel primer recital poético de la Ciudad Vieja a convertirse en un “foro cívico” –la denominación fue tuya y nunca acabó de convencerme– que conoció y se instaló en varios locales de la ciudad. Luego yo me preocupé por mi propio y forzado exilio en Francia y me desentendí de todo lo demás.
Pero debo reconocerte que muchas veces me entusiasmaba la idea de aparecer de pronto en Coruña y revivir en una de vuestras reuniones ese pasado de discusión, sueño y hermandad que había comenzado en aquel café con rostro de una madame pintada por Modigliani, aunque acabó pareciendo una nadería gestionada por Warhol.
Todavía no pierdo la esperanza, compañero, aunque será un poco más tarde y en un local que, ahora, solo tú puedes buscar para todos nosotros. Buen recital, Antón, y que el Dios de la poesía y las estrellas te guarde...   

 

Carta al poeta Antón Borrazas (Descanse en la poesía)