Necrofilia política

|

Como si el tiempo no transcurriera, algunos políticos siguen obsesionados con eliminar o, en su caso, revisar y exhumar recuerdos y restos humanos y simbólicos o conmemorativos de la fratricida guerra civil padecida por los españoles, hace más de tres cuartos de siglo.
Quienes mantienen vivo ese espíritu necrofílico se niegan a reconocer el pacto libre y abnegado que, con enorme entereza y generosidad, acordaron sus ascendientes impulsados por el firme propósito de que, en el futuro, prevaleciesen el consenso y la concordia sobre el rencor, el enfrentamiento y el odio.
Esa vuelta al pasado, de tan aciaga memoria, es históricamente un retroceso y también una traición a quienes buscaron en el futuro un bálsamo para sus heridas y un proyecto colectivo de enmienda y reconciliación.
La historia no admite voluntarismos. La historia es la narración veraz y objetiva de los hechos, incluidos los que pasaron y no debieran de haber pasado; pero no, la de los hechos que debiendo pasar, no pasaron. Lo acontecido históricamente, guste o no guste, queda fuera de nuestro alcance y es ajeno a nuestra voluntad.
Los políticos que se recrean y viven anclados en el pasado son seres atávicos que no tienen proyecto alguno de futuro. Todo ello, con independencia de que la crítica histórica no puede cambiar los hechos ni someterlos a juicios de valor. Es cierto que hay tres clases de historia: narrativa, pragmática y genética causal o razonada, representadas, respectivamente, por Herodoto, Tucídides y Jenofonte; pero ninguna de ellas puede prescindir del dato real y objetivo de los hechos.
Por otra parte, cada vez hay menos personas que hayan vivido de cerca los años que pretenden ahora juzgar y revisar. Esta actitud no puede ampararse en el viejo principio de que “la historia hay que vivirla de cerca y juzgarla de lejos”. Sólo con esa suficiente perspectiva histórica se evitan mutilaciones y falsedades.
La historia hay que aceptarla íntegramente, con sus luces y con sus sombras, pues no se puede aceptar, como las herencias, “a beneficio de inventario”.
Finalmente, es evidente que petrificar el pasado, como si fuese actual, es violentar el curso de la historia. Por eso, tenía razón Ortega y Gasset cuando decía que él, como los tradicionalistas, amaba el pasado; pero precisamente por eso “porque había pasado”.
En conclusión, podemos afirmar que el pasado ya está escrito y que es tan inútil negarlo, como pretender reescribirlo.

Necrofilia política