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ALGO MÁS QUE HABLA

QQué es usted? Soy escritor. ¿Escritor? ¿Y vive de eso?... Dígame una cosa, ¿qué respira usted? ¿Cómo? ¿Pero qué pregunta es esa? No se preocupe, son preguntas de escritores y parásitos inútiles como yo, ya sabe. Pero respóndame. Pues, ¿qué voy a respirar? ¡Aire! ¿Y vive usted de eso? Fin del estúpido diálogo con un imbécil cualquiera.
No somos necesariamente el salario con que quieren dar por buena nuestra amargura. ¿En qué mundo vive la gente que piensa lo contrario? Desde luego que no en el de la mayoría. Pero es mejor inventarse un limbo cotidiano y ahorrase el dolor de enfrentar ciertas injusticias. Obsesionados con la falta de empleo, hemos confundido el trabajo con nuestra esencia. ¿Marx, dice usted? Vamos, hombre, no empecemos con miserias de contrasolapa. Marx pensaba lo contrario. Solo el trabajo se hace la esencia de lo que somos cuando el derecho de existir no cuesta tanto trabajo. ¿No entiende lo que quiero decir? Pues piense un poco más. ¿Qué quiere que le diga? Por lo demás, le aseguro que el viejo Marx estuvo mucho más cerca de la experiencia de los millones de neoexiliados del mundo de hoy, que del estatus que cree disfrutar un diseñador de Zara de treinta y pocos, con estanterías de Ikea, algún libro de la Bauhaus y unas gafas de pasta que sean tan “cool” como el disco de Miles Davis que siempre pone para follarse a alguna coolamiguita sin pasar por un simple y llano australopithecus con gónadas de grandeza.
Sí, follar. ¿Qué es lo que le parece inadecuado? ¿El acto, la palabra? Tal vez ambas cosas. Pues lea este artículo en “prime time”, cuando los niños y las gallinas ya sueñen con juegos y cacareos. ¡Ah, olvidaba que no existe “prime time” de lectura! Puede que tampoco queden demasiados niños que sueñen, pero sí muchos cacareos. ¿Ahora el problema es que haya dicho neoexiliados?  ¡Caray, cuántos problemas tiene usted! Debería ser escritor. ¿Y por qué se escandaliza de eso y no de que una idiota con salario público, pero intereses privados, nos haya llamado aventureros? ¡El emigrado Livingstone, supongo!
Y usted, ¿que hace? Soy artista. ¿Artista? ¿Y vive de eso?... Oh, sí. Gracias al arte logro que hasta usted lo haga. ¿Yo? Evidentemente. Si no escribiera, le aseguro que la mataría en este mismo instante. Antesala del fin de un segundo diálogo, casi tan estúpido como el primero, con una señorita que me amenaza con denunciarme por amenazas. ¡Qué gracioso círculo...! Dígame: ¿es usted viciosa? Ahora añade a su amenaza un delito de acoso sexual. De todas formas no pueden condenarme por actuar en legítima defensa. No se imagina usted el daño que a un ser tan sensible como yo puede provocarle una criatura tan vulgar como usted. Y usted no se imagina por lo que lo podrían condenar en un país como este. Vaya, en eso tiene razón. Por eso me he largado de él y por eso usted solo es un producto de mi imaginación. Ya le había dicho que vivía gracias a mi arte. Ahora, sí, fin del segundo diálogo y blablabla...
Y hablando de blablabla. ¿Sabían ustedes, sus señorías, que fue Céline el que inventó esa expresión del blabla que tan bien define lo que sus señoría hacen? ¿Quién? Céline. ¡El nazi! No, el escritor. ¡El antisemita! No, el genio. El hijo de puta! Ese mismo, pero, dentro de los hijos de..., el que escribía como Dios.
Estoy cansado. Son casi las nueve y alguna paloma aún gorjea en el techo con un canto que suena a elegía. La tarde se retira a morir a solas. Las campanas de la iglesia sonarán en un momento y todo quedará cubierto de esta falsa paz que es solo soledad y silencio. Va a llover antes de las diez. Creamos para no reventar. Eso es escribir, danzar, actuar, cantar, pintar o tocar para vivir. Pero nos provocan constantemente, nos juzgan, nos insultan, nos menosprecian. Nos escatiman el dinero para luego preguntarnos si vivimos de lo creado. La estrategia para un crimen sin huellas. Escribimos para no reventar, pero ellos quieren que reventemos, a solas, en un rincón, como la tarde, pero sin palomas ni elegías. El problema, en cambio, no son ellos, sino ustedes. ¿Por qué lo permiten? Claro que dejan huellas, huellas enormes. ¡Mírenlas! ¡Salgan a la calle y miren, escuchen el aullido desesperado de los hombres! Allí las encontrarán. Olvídense del antropoide de Zara. Las primeras gotas han comenzado a golpear el techo y la noche se ha venido encima... de todos nosotros.

 

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