ROMERÍA

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Hay quien sube a Chamorro toda la vida, año tras año, más como un rito que como una penitencia o la plegaria de un milagro, que ya bastante lo es que los tuyos estén bien. Los que lo hacen solo durante un tiempo son aquellos que almacenan el día en el olor de la juventud, que aspira del toxo y la piedra, que es lo que más abunda. El aroma es el de la tierra mojada –raro sería que no lloviese o chispease– que se vaporiza al sol –raro sería que no apareciese–, a veces reducido por el de la tortilla, el pollo, el arroz o los filetes panados. El de las velas se queda dentro, titilando entre las paredes de la reposada y atestada ermita, a veces el único vestigio de que se ha estado allí. A Chamorro se sube las veces que haga falta, o que se quiera, en familia, con la pandilla, con la novia o el novio. O las veces que uno quiera. Por eso nadie, nunca, no lo ha hecho; ni los creyentes ni los agnósticos, ni tan siquiera los ateos. Y es que, si no vas, te llevan. Algo así como lo que ocurre en la ciudad... 

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