CABALLEROS

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Los que ya lucimos algunas canas, aún recordamos la buenas formas imperantes en la educación que recibimos. Yo en mi caso fui alumno de los Salesianos, y a mis severos profesores no sólo les estoy muy agradecido por el esfuerzo y tiempo que emplearon en formarme; también por intentar inculcarme una educación exquisita.  
¿Y qué es la educación? No sé si les bastará este ejemplo: recuerdo que un día caminado bajo la lluvia por una acera tan estrecha como defectuosa, me crucé con una mujer justo en el lugar donde había surgido un charco. Como es lógico me aparté para que pasara primero, evitando con ello que se mojara, gesto que fue malinterpretado por ella como machista, diciéndome –me deja pasar porque soy una mujer- a lo que le contesté, “No. Se equivoca señora; la dejo pasar porque soy un caballero”. La educación se tiene o no se tiene, y a veces, como vemos, se convierte casi en un acto de fe.
Hace relativamente poco tiempo estuve visitando la Escuela Naval de Marín, y por lo que vi, yo diría que debe de ser de los últimos centros formativos en España donde los caballeros guardiamarinas aprenden, aparte de un sinfín de aspectos técnicos necesarios para desempeñar sus futuros empleos, buenos modales y protocolo.
Durante mi vida he tenido el placer de tratar con un buen número de oficiales de la Armada, y salvo uno, todos sin excepción me han tratado con cortesía y amabilidad.
Ese “uno”, que como es de suponer pillé en un mal día, utilizó un tono inapropiado ante una inocente pregunta que le formulé. Me quedé muerto, pues no esperaba esa reacción. Inmediatamente recordé la anécdota de aquel soldado decimonónico que ante un problema personal de carácter urgente se decidió a dirigirse a su coronel en los siguientes términos: “¿Me da usía permiso para que le diga dos palabras’ –diga usted, y va una– . “Pues quede usía con Dios y van dos”; por lo que decidí aplicarme el cuento, y tras disculparme por haberle molestado, me despedí de él. Con el paso del tiempo aquello ha quedado en mi memoria como una experiencia tan desagradable como aislada, porque durante estos años lo que con satisfacción he podido comprobar es que los oficiales de la Armada, formados como caballeros, son siempre caballeros.

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