Un país imprevisible

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Decía Parménides que la guerra era el arte de destruir a los hombres y la política el de engañarlos. No obstante, hubo un tiempo en que el ejercicio de la política tenía cierta respetabilidad. Aunque en España –como casi todo– siempre ha tenido un matiz diferente.
Aquí podemos ver –un día sí y el otro también– como la clase política se intercambia golpes bajos; aquí existe la desdichada costumbre de destruir la reputación de las personas mucho antes de conocer la verdad. Nuestros políticos son así de irreflexivos. No hace mucho que en el pueblo de Mazarrón rebautizaron una calle con el nombre de un empresario local.
Lo curioso de este asunto es que esa calle tenía el nombre de Iñaki Urdangarín. Es una falta de seriedad, pero sobre todo de racionalidad política, que en un municipio se gasten las energías discutiendo nombres de calles. Empezando porque no se debería poner el nombre de ninguna persona viva a una calle. Los espacios públicos deben llevar nombres de personas ya fallecidas. Y después de que se haya demostrado su integridad y merecimiento.
Por lo tanto, los alcaldes deberían pensárselo dos veces antes de tomar decisiones de esas características. Aunque –¡todo hay que decirlo!– en este país hubo alcaldes, que para alimentar su ego, tuvieron la desfachatez de estampar sus nombres en algunas calles. Lo cual roza el esperpento.
Cosas así nos demuestran que seguimos siendo un país de charanga y pandereta. Y en esa dinámica cultural también entran vascos y catalanes   –aunque ellos se crean que son diferentes. Aquí se ensalza a los villanos y se destruye de la forma más cainita a las personas honorables. Es el modus operandi carpetovetónico. En estas tierras ser honrado es sinónimo de estúpido. Así llevamos más de mil años. Y pocas cosas han cambiado desde entonces.
Después del terrible accidente del tren Alvia, la Xunta decretó siete días de luto oficial, sin embargo, hubo municipios que ni siquiera se molestaron en cancelar o aplazar sus fiestas locales (¡que viva la pachanga!). Con lo cual, se demuestra el desorden con que se está actuando, tanto a nivel de las administraciones locales como de las comunidades autónomas. Se está perdiendo el sentido –¡si es que alguna vez existió!– de lo que significa la autoridad.
Aquí se confunde todo, cada municipio actúa como si fuera un pequeño ducado. Desde luego, para alguna gente no está claro el significado del sentido común. Y prueba de ello es que hubo políticos que acusaron a la Xunta de ser culpable del accidente ferroviario. Eso indica que muchos de ellos nos están tomando por el pito del sereno. Es más, nos tratan como si fuéramos un rebaño.
Cualquier persona seria y con buen criterio, después de toda la información publicada en los medios, sabe perfectamente que la Xunta no es necesariamente responsable de los hechos ocurridos, puesto que, en el peor de los casos, sería un cúmulo de responsabilidades compartidas.
Sin embargo, en un momento dado somos extremadamente solidarios; el comportamiento de los vecinos de Angrois lo demuestra con creces, su reacción fue sencillamente encomiable.
Aunque seamos terriblemente individualistas, cuando se desencadena una catástrofe nos comportamos de una manera diferente, afortunadamente. Suena casi como una contradicción. Aunque quizá no lo sea tanto, pues a lo mejor es inherente o consustancial con el individualismo ibérico; quizá seamos un país de “sanchos” y “quijotes”, y algunas veces aparecen estos últimos para salvar al resto de la feligresía.
En todo caso, cada español es una contradicción por excelencia. Aquí, con tal de llevarle la contraria al otro, se hace cualquier cosa; lo importante no es tener razón, sino desbaratarle los esquemas. Y cuando no hay argumentos retóricos de peso se usan los gritos para apoyarlos.  
Desde el punto de vista de la antropología cultural es difícil y complicado analizar los comportamientos carpetovetónicos, puesto que, tanto a nivel individual como colectivo, son demasiado farragosos. Lo que sí está claro es que la racionalidad en Hispania brilla por su ausencia.  

 

Un país imprevisible