El icono del pacifismo camina hacia el banquillo

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LOS conversos tienen fama de ser tipos peligrosos. Uno piensa en Josep Lluís Trapero, cuyo padre emigró de Valladolid a Santa Coloma, donde se deslomó trabajando de taxista para darle una carrera a su hijo –otra cosa es que la haya aprovechado– y se reafirma en esa teoría. El exmayor de la Policía Autonómica de Cataluña, que se ganó el apodo de “padre de los mossos amorosos” después de que ordenase a los agentes que mantuviesen una absoluta complacencia con el independentismo, deberá rendir cuentas ahora de ese laissez faire, laissez passer. Y tendrá que hacerlo en la Audiencia Nacional. Como es un icono del pacifismo, seguro que un buen número de seguidores de Gandhi se reúnen a la puerta del tribunal para saludarlo con una inclinación, las palmas de las manos juntas e intercambiándose la palabra mágica “namasté”.

El icono del pacifismo camina hacia el banquillo