LO OPORTUNO

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La polémica suscitada por la convocatoria de una manifestación por parte de los principales sindicatos para el próximo 11 de marzo en Madrid, en coincidencia con el octavo aniversario del mayor atentado terrorista que ha padecido este país, no parece más que el reflejo del desencuentro entre los representantes sindicales y la clase política, en este caso la que concierne exclusivamente a la que ostenta el poder. La convocatoria parece estar lejos de considerarse, cuando menos, oportuna, aunque su justificación –el rechazo a las reformas laborales impulsadas por el Gobierno central– tenga base más que suficiente para, en el marco de la libertad individual y colectiva, hacerse realidad. Pero no es el desencuentro con el espectro político el que prima en estas circunstancias, sino más bien el que atañe al ámbito social. Si la distancia entre sindicatos y sociedad se ha agravado en los últimos años, cuando la deriva económica hacía esperar una reacción más próxima a la realidad que ajena a los hechos, los cambios actuales tienen la capacidad de remover conciencias y alertar sobre la búsqueda de un reencuentro entre la sociedad y el sindicalismo como en muy pocas ocasiones se ha visto en este país. Sin embargo, lejos de esta realidad, hasta qué punto se puede asumir la oportunidad de una convocatoria cuyo fin es el del rechazo a la política social del Gobierno central con la conmemoración de un acontecimiento histórico que como muy pocos unió, al margen de todo credo, idea o sentimiento, a este país. Urge más, evidentemente, el oportunismo que la oportunidad, aun cuando la primera esté bien lejos de identificarse en su estado verbal más crítico y peyorativo. Entiéndase; no es que las razones no estén justificadas desde el punto de vista social, es que socialmente la polémica tampoco parece apropiada ateniéndonos, una vez más, a las circunstancias. Son cuestiones de este tipo las que, más que acercar, alejan, y hasta entristecen los aconteceres cuando lo que al fin y al cabo se espera es un mínimo criterio de entendimiento y comprensión. Habituados como estamos a ser una de las sociedades occidentales menos crítica consigo misma, la voluntad de tensar la cuerda en el momento menos oportuno impera sobre la razón social. Se asume por anticipado que la urgencia de tomar el pulso a los resultados de una futura huelga general es lo que impera, pero no tanto el hecho de que todo esté oportunamente justificado, y menos cuando lo que está en juego es la capacidad de recuperar un terreno, yermo por momentos, en barbecho en otros, fruto en ambos casos de la falta de conexión con la sociedad, que se ha visto, más que nunca, indefensa y hasta obviada salvo cuando los intereses, tanto de unos como de otros –el Gobierno y los sindicatos-, están en juego. Tiempos difíciles son estos para hallar la brecha del camino hacia el entendimiento, pero no lo suficiente para no tener, cuando menos, la intención de buscarlo.

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