La tinta del sabio o la sangre del mártir

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No puedo ser Francia, pero honro a las víctimas de la barbarie en París, no es necesario un eslogan para combatir el odio de asesinos en derrota. Hubo un tiempo que no pude ser Irak y respeté a sus inocentes víctimas, ni pude ser Sudán, ni pude ser Nigeria y rescatar a las mujeres que nadie reclama ya, ni el Sáhara, ni Palestina, ni Georgia, ni Chile, ni Camboya… No quiero ser lo que esos gurús del miedo y la compasión en hora punta pretenden gobernar creando tendencias de solidaridad y empatía en función de oscuros intereses. No se puede estar sólo del lado de víctimas cercanas y silenciar la lejanía de las restantes. Ser solidario es patrimonio universal, sin geografías. El ser humano lo es por humano y no por ciudadano. Pretenden ser guías, cuando en realidad son ciegos que cuelan al mosquito pero engullen al camello, como decía Jesús de Nazaret. 
Intervinimos en Afganistán y consolidamos a los talibanes. Intervenimos en Siria y aparecieron estados fantasmas sembrando el terror. Incluso otros intervinieron en Cuba y le salieron cochinos. Las empresas armamentísticas cotizan hoy al alza en los parqués de las Bolsas de todo el mundo. Donald Rumsfeld está más vigente que nunca y traficantes de armas forman parte de gobiernos que siembran muerte con una mano y dan condolencias con la otra.
Ni Isis, ni Daesh: asesinos. La historia nos enseña que quien siembra tormentas recoge tempestades. Si las primeras son inexcusables las segundas carecen de sentido, aunque vayan unidas por el mismo hilo conductor: el ser humano en su vertiente destructiva. Existen razones que la ira no entiende: la paz y el entendimiento entre semejantes es la primera escala. Convivir en armonía es la meta, quienes lo saben no luchan entre sí. ¡Quitemos argumentos a los integrismos y a los xenófobos!
Mientras que la NASA nos revela que existe agua salada en Marte, aquí desconocemos la ruta de millones de barriles de petróleo de estraperlo, fuente de ingresos de los terroristas. ¿O, más bien, miramos para otro lado? Resulta curioso comprobar cómo a algunos estados del golfo Pérsico, con sus limusinas y sus centros comerciales especiales para la Jetset, no les salpica ni una gota del horror esparcido en sus cercanías. Tienen sus fronteras blindadas con petrodólares. 
¡De una vez por todas, cortemos las manos de quienes abastecen a estos asesinos y acabarán luchando con piedras! Dicen los estrategas que los suníes tratan de evitar la expansión de los chiíes. Son esclavos de su propia ignorancia, están anclados en la Edad Media, ni siquiera entienden, o más bien ignoran, las palabras del Profeta: la tinta del sabio es más sagrada que la sangre del mártir. 
Podría valernos, una vez más, la frase de Mahatma Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, a no ser  que, por estupidez,  pretendan ser tuertos pensando que serán reyes. 

La tinta del sabio o la sangre del mártir