Política, más de lo mismo

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Las actuales elecciones, esperemos las últimas hasta dentro de cuatro años, no han hecho más que repetir lo que los españoles queremos: un Ejecutivo de pacto y moderado que continúe con las mejoras que van aflorando y asuma, de una vez por todas, los cambios pendientes.
Por sentido ético, el partido y presidente que de nuevo han ganado las elecciones deberían formar gobierno, argumento que no dudarían en esgrimir el resto de partidos de haber ganado ellos.
Por sentido común, debemos pensar que la irrupción de nuevas fuerzas en el panorama parlamentario no deja de ser algo positivo que provocara más control y pluralismo a la hora de tomar decisiones que afectarán al conjunto del país.
La clase política, debe de entender que está al servicio del ciudadano y éste necesita, cada vez más desesperadamente, soluciones a los problemas de sobra conocidos y ya endémicos en nuestra sociedad. Sería una clara irresponsabilidad, por parte de todos los partidos políticos, prolongar el Gobierno en funciones actual.
En este próximo futuro el país tendrá que afrontar serios retos de cambio si quiere salir adelante ante las claras amenazas que se le presentan tanto externas como internas. Las consecuencias del irresponsable referéndum, que ha provocado el comienzo de la salida del Reino Unido, no se han hecho esperar: mayor caída histórica de la Bolsa Española y resto de Europa, desestabilidad monetaria, exportaciones en entredicho, en una palabra miedo y el dinero, siempre asustadizo, huyendo. La desinversión retrae el comercio y el consumo, este último, combustible imprescindible en una sociedad capitalista y hasta ahora del bienestar, que es la nuestra queramos verlo o no.
Por si no fueran pocas las amenazas en el exterior, dentro no se quedan cortas. Días atrás desayunábamos con la triste noticia de que la deuda de España, es decir la de todos nosotros, rebasaba el 100% de su Producto Interior Bruto, en pocas palabras, el conjunto de nuestra sociedad debe tanto como toda la riqueza que atesora. Hay que remontarse a la primera década del pasado siglo XX, año 1.909, para ver al país en esta situación.
Un Gobierno central, diecisiete autonómicos, diputaciones provinciales e infinidad de ayuntamientos atomizados –argumento para que existan éstas– dan mucho que gastar. Esta “señal de alarma” parece no preocupar a una clase política bien pagada y en algunos casos, dedicada a buscar su sitio; mientras el déficit público (los gastos por encima de los ingresos, vía impuestos, que el Estado tiene para dar servicios a los ciudadanos y pagar nóminas de funcionarios y políticos) continua su incremento fuera de normas de la UE (un máximo del 3%) y se sitúa en el 5,1, el más alto de la Unión, solo superado por la depauperada Grecia de los experimentos políticos. La media comunitaria está en el 2,4% y, por ejemplo, Alemania no tiene déficit, su superávit es del 0,7.
La elevada presión fiscal que padecemos –según confirman los expertos– debería de ser tema de reflexión en esta, esperemos próxima, legislatura. Si a la carga fiscal que suponen los impuestos directos (IRPF) añadimos la de los indirectos (IVA) nos asombraría comprobar que andaríamos cerca del 50%. Es decir el español trabajaría prácticamente medio año para generar ingresos al Estado.Por poner un ejemplo más, continuar con un Impuesto de trasmisiones patrimoniales sin escalado y en un 7,9% de media frente a un 4,5 de la U. E. –casi el doble– desanima más el negocio empresarial e inmobiliario y no aumenta la recaudación.
También está claro que el desfase nunca se podrá arreglar incrementando el impuesto de las personas físicas en una sociedad que dobla la cifra de desempleo comunitario. Simplemente arruinaríamos más a la ya maltratada y cada vez más escasa clase media con trabajo y única que se podría “exprimir”. Una recaudación eficiente, más que eficaz. Luchar contra la economía sumergida, el fraude, la corrupción –que atendiendo a los casos que afloran se está haciendo– es algo importante y que todos tenemos claro.
Pero también abordar temas como regular las desgravaciones, implementar una carga impositiva equilibrada respecto a la riqueza y principalmente regular y reducir el gasto, es decir administrar correctamente los impuestos que todos nosotros pagamos, son imprescindibles.
El nuevo panorama político, más plural, debería de ser una esperanza de salida de una crisis que ya se acerca a la década.

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