¡Pobre de mí!

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Si a esta epidemia devastadora ha de sucederle, como se dice, una época de gran desenfreno y libertinaje, lo suyo es ir dejando para entonces todas las cuchipandas y fiestas más o menos patronales que por nada del mundo podemos volver a celebrar durante el año en curso, a menos que deseemos que a éste tiempo de dolor, miedo y miseria no suceda ningún otro, ni de desenfreno, ni de libertinaje, ni de nada, porque habremos muerto.


El fútbol, que tan mala imagen de irracionalidad arrastra, nos ofrece hoy, empero, una clase magistral, pero sencillísima, de lo que debe hacerse: la final de la Copa del año pasado, entre la Real y el Athletic nada menos, se va a jugar en éste, y solo pocos días antes de que se juegue la correspondiente al presente ejercicio. Esa acumulación de Copas, ese encadenamiento podrá liberarse al fin por prescindir del público y sus aglomeraciones letales, lo que quiere decir que cuando el público se pueda volver a aglomerar sin letalidad será cuando puedan celebrarse todos los festejos anuales pendientes, uno tras otro si es menester, como la Copa, pero no antes.


Se quiso “salvar” el turismo en el verano, cuando nadie estaba a salvo del bicho, y luego, teniendo a Casado como principal adalid de la cruzada, se quiso “salvar” la Navidad, cuando estábamos menos a salvo todavía. Ahora, es Reyes Maroto, una ministra, la que pretende encandilar a los náufragos de la pandemia, que somos todos, con la disparatada idea de “salvar” la Semana Santa a base de idas y venidas, ese tráfago que tanto le gusta al coronavirus. Qué peligro tienen los salvadores.


Los pamplonicas, que tampoco podrán entonar el “¡ Pobre de mí !” este verano, se lo han tomado con filosofía, y es que, siendo irrenunciables para ellos los Sanfermines, no descartan hacer como con la Copa, celebrar todos los pendientes cuando se pueda.


Lo mismo se puede hacer, facilitado por el ambiente de desenfreno jubilar pos-pandémico, con las Fallas, con las procesiones, con la Feria de Abril, con las de Moros y Cristianos, con el Pilar, con las hogueras de San Juan o con los Carnavales, si es que el cuerpo, o lo que nos quede de él, resiste tanta tralla. Cualquier cosa, en fin, menos querer salvar hoy otra cosa que no sean vidas humanas. 

¡Pobre de mí!