viernes 7/8/20

El miedo

el miedo avisa y protege. Sin miedo, el torero sería corneado a las primeras de cambio por la formidable criatura a la que planea matar, el futbolista se dejaría la espinilla, o la tibia, en cualquier forcejeo con un jugador rival, el peatón la vida al cruzar la calzada, sobre todo por un paso de cebra, y el soldado sucumbiría a cualquier bala o esquirla que no fuera la destinada específicamente a él. El miedo, el pavor que nos infunde algo y el de perder la vida, nos guarda, pero algo raro debe pasar con el Covid-19, ese acreditado asesino múltiple, en serie, para que la gente, o cuando menos una parte de ella, la mitad o así, le haya perdido el miedo.
En realidad, todo es raro en éste virus, salvo que se ensaña con los más débiles, los mayores con el organismo gastado. Todo es raro, pues nada o casi nada seguimos sin saber de él: su origen, su naturaleza, su propagación, su contagio, su cura... y ese su designio de liquidar o entenebrecer la vida de relación de los seres humanos, es decir, la vida. Pero más raro que todo eso, y que su alarmante forma de mina submarina, es que la gente le haya perdido el miedo mientras se cobra diariamente la vida de miles de personas en el mundo.
Se comprende que los supervivientes, por serlo, ansíen vivir, y necesiten hacerlo, incluso los misántropos, relacionándose en vivo, nunca mejor dicho, con sus semejantes, y se comprende también que, pues la obligación del preso es fugarse, las ganas de huir del confinamiento que durante diez semanas hemos padecido nos invite a salir de estampida sin reparar en nada, pero no se comprende que se deje en el chabolo, en casa, lo único que nos garantizaría algo la recobrada libertad: el miedo.
Era el miedo a pillar el virus, más que la filantropía de no esparcirlo, lo que nos mantenía, dentro de lo posible, alejados de él, pero a la vista de éstos aquelarres de terrazas llenas, paseos multitudinarios y parques de bote en bote en las fases iniciales de la desescalada, diríase que el Covid-19 se ha achicharrado con el sol, o se ha aburrido de tanto herir y matar, y se ha batido en retirada. Pero lo que parece habernos abandonado no es el virus, sino el miedo.
El único escudo para protegernos de él era el miedo, pues de un gobierno absurdo y de una oposición mezquina no cabía ni cabe esperar otro escudo. Y se ha ido a recibir a los turistas.

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