miércoles 08.07.2020

José Luis Martínez, en la galería La Marina

Tras una larga pausa ( su última muestra fue en 2011, en Atlántica) el pintor José Luis Martínez (Santiago,1939), afincado en A Coruña, trae a la galería La Marina-José Lorenzo una obra con el sugerente título de “Geometrizaciones para un espacio luz”, en la que deja constancia, una vez más, (amén de su dominio del oficio que sus estudios en la Facultad de Bellas Artes de Valencia y sus años de profesor de bachillerato le proporcionaron), de su exquisita sensibilidad para conseguir que cada cuadro transmita un armónico canto de evocadoras y líricas resonancias y de sugerencias abiertas a lo inefable. 

Eso exige un proceso de depuración y de “olvido” de lo superfluo, como muy bien dice Gastón Bachelard en “La poética del espacio”, para que la imagen se concentre en lo esencial y suene, como la música, con acordadas y rítmicas vibraciones. Para ello, espacio, formas y color deben articularse de tal modo que el motivo sirva para alumbrar una epifanía, una mayeútica, como ocurre con la obra de este artista que se inspira en la naturaleza: un paisaje, el vuelo de un ave, un nocturno, un atardecer..., pero para  hacerla vehículo de la necesidad interior y devolverla transfigurada en evocaciones de un más allá. También la geometría está en la naturaleza: en  cristales, plantas, semillas, hojas... y a geometría debe someterse toda arquitectura; lo mismo hace  J. L. Martínez , pero se trata de una geometría poética, un tanto en la línea iniciada por Kandinsky, que sirve para configurar, de un modo simbólico, formas abiertas a la revelación de lo invisible. 

Ejemplar, en este sentido, es la obra “Materia oscura en el espacio”, donde dos encendidos astros son atraídos por la enfriada luz violácea de un enorme y agrietado vórtice  En “Curvas para un museo” funde de un modo genial la arquitectura orgánica ( evoca el Gugenheim)  con la nervada configuración de las hojas y la idea de inmenso y gris-azulado espacio cósmico. Por  “Oscuras incursiones” nos lleva de un claro ámbito gris plateado a las plúmbeas profundidades de lo ignoto, a donde vuelan los pájaros del alma, ansiosos de saber. El mismo anhelo de volar hacia lo desconocido lo encontramos en la alada figura violáceo-rojiza (tal vez hombre-pájaro) del cuadro “Algo se mueve en el espacio” que atraviesa diagonalmente la inmensidad gris. 

Por cierto que predomina en esta obra la envolvente y suave serenidad de los insondables grises, sobre los cuales se hace más vivo el resplandor de un arrebolado atardecer, el rojo vertical de un edificio, las rosadas y flotantes páginas que se despliegan en el aire o el carmín de la enhiesta torre que se convierte así en anhelo ascensional del corazón.  Y es que, sin duda, J. L. Martínez posee un alma contemplativa y soñadora con la que armonizan las tonalidades de lejanía, pero también posee un emocionado sentir que pone a cantar los cálidos asombros del amor. De ese cruce entre  ensoñadores azules y  amorosos escarlata nacen sus temperaturas morado-violáceas, y apasionadas obras como “Luna lorquiana sobre cielo púrpura”.

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