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El pasado no es un país extraño (I)

La idea de volar a la Italia meridional y recuperar las vivencias que la pandemia nos robó nos devuelve la ansiada oportunidad de despertar de nuevo en otro tiempo y otro lugar, esta vez en el ombligo de la civilización del mundo antiguo que, a fin de cuentas, nos ha hecho ser lo que somos.


Desde que los griegos emprendieron la colonización del Mediterráneo, hace casi 3.000 años, y se establecieron en el sur de Italia somos hijos de la civilización greco-romana y, ciertamente, en la práctica totalidad de las ciudades de la Italia meridional nuestra herencia cultural resiste los embates del tiempo, a pesar del empeño de la Madre Tierra en mostrarnos su enorme poder destructor. No en vano las montañas de fuego del sur de Italia, por mucho que se alcen ante nosotros como iconos fascinantes y misteriosos, son una amenaza para la vida y el patrimonio y un recordatorio de nuestra propia fragilidad.


Treinta y seis advertencias nos ha hecho el Vesubio desde que, en el año 79 de nuestra era, un rugido atronador sacudió la tierra y la boca de la montaña vomitó lava, fuego y ceniza. Este dato no dejaría de ser puramente numérico si no fuera porque me remite a las palabras del geólogo británico Derek V. Ager cuando dice que “la historia de cualquier parte de la Tierra, como la vida de un soldado, consiste en largos períodos de aburrimiento y breves momentos de terror”.


En esos periodos de aburrimiento en los que el genio que habita el volcán duerme plácidamente y la tierra respira tranquila, Nápoles mira con ojos pequeños aquella presencia cercana tan familiar y, a la vez, tan destructora. A los pies del volcán pululan entonces cientos de miles de bulliciosos napolitanos, apurando sus pasos entre el ocio y el negocio, en un caos magnífico y ruidoso.


La ciudad, que nació como colonia griega, es una amalgama de reminiscencias romanas, bizantinas, normandas, españolas y de otras culturas en la que los “palazzi” barrocos de las arterias principales, la Basílica y el Convento de Santa Clara, la Catedral neogótica y el Castel dell´Ovo comparten protagonismo con los populares tendales de ropas multicolores que ondean sin complejo, como impúdicas banderas, al sol y al viento.


Nápoles se mueve de prisa, como si el fuego de la tierra le quemara los pies y vive como si no hubiera un mañana, no sabría decir si desafiando al genio de la caldera o confiando en que algún dios ancestral le libre del trágico destino al que sucumbió su vecina Pompeya cuando se desató el terror.


Pompeya luce magnífica a los pies del Vesubio y todo, en su bellísima desnudez, nos remite al instante en que, a mediados del Siglo XVIII, Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero aragonés al servicio de la corona española, destapa el gigantesco sepulcro de ceniza en que se convirtió la ciudad después de la erupción y descubre los restos que hoy nos sobrecogen.


Los últimos días de Pompeya se adivinan en cada piedra. Los mosaicos, los murales, las rodadas de los carruajes, todos y cada uno de los objetos y edificios que han permanecido en el olvido durante más de quince siglos son hoy testigos mudos del vivir cotidiano en la Roma del Siglo I.


Hoy nadie atiende las tabernas en Pompeya ni las vestales guardan el fuego sagrado en los templos; los denarios no corren de mano en mano en pago de mercancía alguna ni el público espera en el teatro que dé comienzo el espectáculo. Sólo gente como nosotros, viajeros curiosos del Siglo XXI, recorren las empedradas calles de Pompeya pretendiendo adivinar las risas que alguna vez llenaron de vida el foro de la ciudad.


Dicen que no hay secretos en Pompeya, que allí los muertos hablan. Y, a decir verdad, no hay visión más desoladora y elocuente que los restos humanos fosilizados de personas que eran como nosotros y que, como modernos grafiteros, utilizaron los muros y el latín vulgar para expresar su ironía o su rivalidad, como nosotros disfrutaron los placeres de la vida, arreglaron negocios clandestinos y también, como haríamos nosotros, intentaron huir cuando sintieron miedo.


En ellos está nuestro ADN y es gracias a ellos que, como diría William Faulkner, el pasado deja de ser un país extraño.

El pasado no es un país extraño (I)

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