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Es la norma

en este país las víctimas son un grupo «étnico» minoritario e irrelevante, siempre molesto y escasamente constestario, en el que se visualiza la soledad del que sufre frente a la soberbia del que daña. Y es así porque, nos guste o no, el verdugo es un activo político, un objeto de culto ideológico, un trofeo en lo sociopolítico. Acabar con él es acabar con la oportunidad de mostrarse ellos magníficos. Mientras que la víctima, por serlo, no está presa sino del horror de su trauma, de la tragedia de su vida, es, en definitiva, la viva expresión de un fracaso que curiosamente se enmienda en la redención del verdugo. Qué sentido tiene salvarla, esa es tarea de médicos en oscuras consultas, mientras que la rehabilitación del verdugo es un ejemplo de buenas políticas y grandes avances que el gobernante exhibe orgulloso.


La ley del «solo sí es sí» es un ejemplo palmario de este inaudito desdén en la medida que una norma bien intencionada y necesaria, y que sobre el papel viene a defender a la víctima termina premiando al verdugo.


Solo que en este caso la numantina defensa no se cierra en favor del agraviado ni se deposita en el verdugo, sino en el gran hacedor, el animador, la señora ministra. Y no sin razón, qué sentido tendría permitir que se convierta en víctima una de los suyos y más cuando los verdugos son ellos.


Si algo se hizo mal, hágase bien, y sino es así castíguese con severidad a quien la interpreta tan mal.

Es la norma

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