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Mucho lirili, y poco lerele

La capacidad de inventiva del ser humano no conoce límites, pero debería conocerlos. Así, por ejemplo, Luis Enrique se inventó un equipo, se lo inventó ilimitadamente, esto es, como un conjunto capaz de las mayores proezas, y despreció la sencilla verdad de que los partidos de fútbol no se ganan con goles inventados, sino con goles verdaderos, de esos que traspasan la línea de meta y besan la red.
 

Luis Enrique, puesto a inventar, despreció el sentido real de su cargo, el de seleccionador nacional, es decir, el del míster que ha de seleccionar a los mejores, a los que más en forma se hallen o más estén brillando en la Liga, y se inventó un equipo prescindiendo de esos elementales requisitos. No quiere decir esto que, cumpliéndolos, llevando a la Selección a Iago Aspas, a Borja Iglesias, a Sergio Ramos, a Canales, a Isi Palazón o a Javi Galán, la Selección Española hubiera llegado necesariamente más lejos, pero sí que habría sido una verdadera Selección Española, y no el equipo de Luis Enrique, que se inventa los goles porque no los mete. 

Los de Costa Rica fueron, ya se ha visto, un espejismo, una ensoñación.
 

En el equipo de Luis Enrique, y no digamos en el propio Luis Enrique, había mucho lirili, y muy poco, casi ningún lerele. Íbamos, como siempre, a ganar el Mundial, pero, como nunca, con una seguridad tan absoluta. Tan firme y sin fisuras se antojaba esa convicción, que el míster empleaba parte de su tiempo, a lo mejor hurtada a la concentración, al estudio de los rivales o al descanso, haciendo “streaming” en la red para hacerse el simpático, en tanto que se pasaba de ensayar los penaltis porque, según él, los chicos ya los traían ensayados de casa. Ni uno, como es natural, consiguieron cascarle, en el instante decisivo, a Marruecos. Los equipos “de autor” es lo que tienen, que se los inventa el “autor”, y si le da por inventarse, sin ir más lejos, que Ferrán Torres atesora unas condiciones insuperables de delantero incisivo, desbordante y goleador, pues va y lo pone en todos los partidos. La circunstancia de que el muchacho rara vez dé pié con bola, al ser real y evidente, la debe considerar irrelevante. Y lo mismo con la posesión de la pelota, que en la dura realidad del césped ha de servir para fraguar el gol, la victoria, mientras que para Luis Enrique esa pachanga deviene en un fín en sí misma, tal es la obsesión que en un inventor produce su invento.

Mucho lirili, y poco lerele

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