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Loros, loras y lores

unca ha sido fácil y menos ahora, en esta cada vez más burocratizada España, dirigir una empresa privada, teniendo en cuenta las responsabilidades actualmente asumidas por los altos cargos y gestores.


Hoy en día, no solo el cabeza visible de la compañía ―el administrador― puede pedir en los juzgados la suspensión de pagos ante una crisis evidente. La sospecha de su mala gestión o irregularidades, pueden dar pie a una petición de responsabilidades civiles ―por parte de proveedores, clientes, los propios trabajadores o el consejo de administración― que pueda afectar hasta a su propio patrimonio personal o familiar.


Tampoco es sencillo llegar a un puesto de alto cargo en la empresa privada. El candidato tendrá bastante competencia; será entrevistado por expertos y deberá demostrar la formación que dice tener, y sobre todo la experiencia.  


Al no ser una oposición, en caso de fracasar su plan de negocio ―a veces aun triunfando― no está libre del despido.


Desde luego si presenta un currículo con tres másteres que no ha estudiado o con un doctorado cuya tesis fue copiada, las puertas se le cierran sin miramientos.


En general en el sector privado una de las premisas, con crisis y sin ella, es la prudente contención del gasto, medidas de ahorro, austeridad y ética.


Sin embargo, no deja de ser una perplejidad que, para dirigir la empresa del país que maneja el presupuesto más alto, es decir el Estado, no sean necesarios unos mínimos requisitos. Sobre todo si pensamos en que están gestionando el dinero de todos los españoles que hacemos un importante esfuerzo fiscal.


Se puede entender que alcancen al poder personas sin estudios ―reglados o no reglados― pero con una gran experiencia, incluso se podría asumir que llegue alguien con excelente formación, pero sin el necesario rodaje. Lo que es difícil de entender es que lleguen personas que carezcan de ambos requisitos.


Una de las máximas que observamos en estos tiempos es que, al contrario del sector privado, ante la crisis y duras circunstancias de muchos ciudadanos, reina el despilfarro público en viajes, asesores, compras de material, ministros…y por supuesto las exigencias de responsabilidades, ni están ni se les esperan.


Días atrás un alto funcionario público, ante este pensamiento en voz alta, me decía que esto era el chocolate del loro. Discrepé abiertamente y con cierta indignación.


En esta «Matria» nuestra ―o más bien de ellos― con una inflación desbordada el precio del chocolate está por las nubes, y hay que alimentar ―o tenemos que alimentar― no a cientos, a miles de loros, loras y algún «lore».

Loros, loras y lores

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