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Los dos digitos

se acabó la Cumbre, que, al menos en lo que a organización se refiere, ha sido un auténtico éxito. Una vez más se ha demostrado que España también sabe hacer bien las cosas. En cuanto al fondo de lo abordado, a muchos nos ha quedado la espina de una alusión expresa y por escrito de Ceuta y Melilla.


Ahora, el presidente del Gobierno se ve abocado a buscar el apoyo de esa oposición que, al parecer obedece a intereses oscuros, para sacar adelante el aumento de destructores americanos en Rota. Es lo que tiene la geometría variable: para cuestiones de Estado se mira al PP, para lo de todos los días, ahí está Bildu a quien se le garantizado la investigación de los GAL para, a cambio, aprobar la ley de Memoria Histórica.


Acabada la Cumbre y a la espera del análisis minucioso de lo acordado que corresponde a los expertos en materia internacional, aquí nos quedamos los españoles con la pesadilla de los dos dígitos, esos que nunca se iban a producir según el Ejecutivo y que ya están aquí destrozando economías familiares y comprometiendo seriamente el futuro más inmediato de la economía española.


Que el alza de los precios supere el diez por ciento es, probablemente, una de las peores noticias que podíamos esperar en las vísperas de unas vacaciones a las que cientos de miles de españoles se han lanzado como si no hubiera un mañana. Y es lógico. Necesitamos olvidar, coger aire, pensar que, al menos por unos días, todo vuelve a ser como era. Pero el verano acabará como ha acabado la Cumbre y, entonces, la ministra de Hacienda no tendrá excusa para valorar los dos dígitos ni para explicar por qué no se cumplen ni una sola de las expectativas del Gobierno. Y no es que no haya tomado medidas. Al contrario. Rara es la semana en la que no se anuncian nuevas ayudas y medidas que nos garantizan un futuro mejor, pero nos encontramos con que ese futuro no solo no llega, sino que lo que se atisba es una situación de extrema dificultad. No cabe achacar al Gobierno ni la pandemia, ni el volcán y, ni mucho menos, la locura, yo diría que asesina, de Putin. El Gobierno no es responsable de estas desgracias, pero si lo es de no afrontar la situación con perspectiva de Estado y esa perspectiva, por definición, no está ni en ERC y, ni mucho menos, en Bildu, cuya aspiración es minar las aspiraciones electorales del PNV. Si el Gobierno se siente solo es, en gran medida, por su culpa. Por no querer encerrarse con el principal partido de la Oposición y no levantarse hasta encontrar un punto de encuentro que de seguridad y estabilidad a los españoles. Dirá Sánchez que el PP obedece a intereses oscuros. Si así fuera tiene la obligación de explicar cuáles son estos intereses por si los españoles tenemos una Oposición no solo de mangantes sino, incluso, de mafiosos y no nos hemos enterado. Nunca como ahora ha sido más necesario que los dos grandes partidos se entiendan en cuestiones básicas, esas que afectan a izquierdas y derechas, a hombres y mujeres y, sobre todo, a los más vulnerables.


Vista la trayectoria de la legislatura esto es clamar en el desierto, pero si el Gobierno, que es quien debe dar el paso para ese eventual gran acuerdo, no es consciente de esa necesidad y no trabaja desde ya mismo en ese acuerdo, el futuro sombrío que ya está aquí se tragará al presidente y a su Gobierno en una soledad infinita y en una derrota electoral sin parangón. 

Los dos digitos

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