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Cumbres, simas y secuestros

Consumada la cumbre de la OTAN, celebrada, a ritmo de oráculo de fin del mundo, en Madrid, cabe interrogarse sobre su utilidad.
 

Porque, es cierto, el rearme se antoja como única solución, pero solo en la lógica de esa macroaplicación militar.
 

Pero al margen de ese limitado entendimiento y a luces de tan “esclarecidos” mandatarios, habría sido oportuno y honesto, en atención a su responsabilidad respecto al destino de la humanidad, volver la vista atrás y visualizarnos en el horror de fiar el equilibrio entre potencias al arsenal nuclear. Armas con un poder de destrucción muy superior a cualquier expresión de victoria que vaya más allá de la venganza y la universal aniquilación.
 

Entiendo que esa debería ser la lección, porque ese es el motivo por el cual Putin se permite masacrar a la población ucraniana sin que el resto del mundo pueda hacer algo que vaya más allá del dudoso bloqueo económico y político. Es más, ni en el caso, qué ya lo es, de que Putin asesinase cada día a diez niños ante los escaparates del mundo, el mundo no podría hacer nada más y es así porque Rusia cuenta con un arsenal nuclear capaz del apocalipsis, lo que lo convierte a él en un intocable. 
 

Esa es –al margen de la frívola orquestación ofrecida por anfitriones, asistentes y consortes a las puertas del horrible dolor del pueblo ucraniano– la trágica música, lo demás, la vieja y manida marcha militar hacia un glorioso destino en lo demencial.

Cumbres, simas y secuestros

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