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El circo está en el Parlamento, no en el mundial

La bronca ya más o menos soterradamente instalada en el poder judicial llega con todo esplendor al Legislativo. Diputados que acusan de ‘filoetarras’ a otros diputados rivales; una ministra que lanza a la cara de la oposición la especie de que ‘instiga a la violación’; el líder de un grupo político que compara al presidente del Gobierno con Nerón o Calígula; parlamentarios que abandonan airados el hemiciclo al sentirse, o tal expresaban, ultrajados; la presidenta Batet clamando en el desierto de oídos sordos por serenar los ánimos en medio del barullo. ‘Pan y Circo’ achacaba Juvenal a la política tramposa: los pueblos se conforman con comida y diversión, no es preciso hacerlos participar. Pero el circo no está ya en Qatar, en la pasión por el futbol: está en la Carrera de San Jerónimo.
 

Lo siento, pero no puede ser que cada sesión de control parlamentario, cada comisión un poco ‘caliente’ -la que albergó al ministro del Interior, por ejemplo-, se conviertan ya no en un patio de colegio, sino en el circo romano, en el que los leones se enfrentan a los tigres de Bengala. No puedo culpar solamente, pero sí principalmente, a los partidos situados en los extremos del arco parlamentario, es decir, Vox y Podemos, partido este último que pretende dirigir una ministra incendiaria que se cree una nueva Pasionaria y a la que los excesos dialécticos procedentes de la formación de Abascal han logrado convertir en una víctima, o así al menos pretenden presentarla los suyos. Pero también he de decir, al margen ya de los exabruptos más groseros, que el Parlamento debe servir para algo más que para hurtar lo que debería ser un verdadero debate político de altura y constructivo. Batir el récord de leyes aprobadas por decreto me parece una manera de evadir la responsabilidad parlamentaria de un Ejecutivo. No responder a las preguntas razonadas y razonables de la oposición, otra. Es lo que hizo este miércoles el presidente del Ejecutivo, cuando evadió con descaro tratar un tema obligado que le sometió la portavoz ‘popular’ Cuca Gamarra: el de la designación de un ex ministro de Justicia y de una ex asesora de La Moncloa como miembros del Tribunal Constitucional, con la obvia intención de controlar al máximo órgano fiscalizador en el Estado.
 

¿Cómo podría no abordarse tan polémico tema en el Legislativo, máxime cuando, además, la designación de los dos cargos del TC podría incurrir, dicen no pocos, en lo inconstitucional? Pues Sánchez, al ser interrogado por los nombramientos institucionales que constituyen una recompensa para los ‘próximos’, se salió del todo por la tangente. ¿Qué temperatura hace hoy? Manzanas traigo. Y, como no hay opción a la dúplica, la señora Gamarra se quedó sin opción a la repregunta ni a la protesta. Y los ciudadanos sin la necesaria explicación a una decisión gubernamental cuando menos polémica. Me parece, hay que insistir, cada día más urgente proceder a una reforma a fondo del Reglamento de la Cámara Baja (y de la Alta, por cierto), de manera que las confrontaciones dialécticas sean más constructivas y no concedan tanta ventaja al Gobierno de turno. Hemos llegado a un punto en el que la utilidad del Parlamento, para colmo mal dirigido, es francamente relativa. Creo que el Legislativo, lo mismo que el Judicial, no está cumpliendo su función, y de ahí el patente alejamiento de los ciudadanos de la marcha de la cosa política (y, por favor, no me hablen del interés folclórico de la gente de la calle por visitar la sede de las Cortes en las jornadas de puertas abiertas).

El circo está en el Parlamento, no en el mundial

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