La solidaridad de una ferrolana cambia la vida de cuatro mujeres ucranianas

De izquierda a derecha: Lourdes, Rita y su hija Polina, Lena, Carlota y Lidia, el pasado viernes durante el Santo Encuentro | v. v.

La ferrolana Carlota Manrique cometió hace unas semanas lo que ella mismo califica de “locura”, en el buen sentido de la palabra. Las constantes imágenes del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania en los medios de comunicación la llevaron a plantearse la posibilidad de acoger a personas refugiadas y, la verdad, no se lo pensó dos veces. “Yo tenía claro que podía ayudar, porque podíamos ser perfectamente mi hija y yo las que estuviésemos en esa situación”, afirma.


Carlota contactó entonces con la asociación valenciana YùHe, encargada de traer desde las fronteras de Ucrania a aquellas personas que huyen de la guerra, así como de gestionar sus traslados y buscar las casas de acogida a las que irán. “La situación se complicó y en prácticamente 24 horas tuve que buscar por mis propios medios una alternativa para viajar hasta Valencia y traerme a las chicas hasta Valdoviño”, sostiene, lugar en el que les ha cedido un piso –y corre con todos los gastos– para que estas tres mujeres y una niña pudiesen comenzar de nuevo.


Esta ferrolana no realizó el largo trayecto que separa Ferrol y Valencia sola. Afirma estar rodeada de “muy buenas personas”, que se implicaron desde un primer momento para ayudarle a conseguir su objetivo. “Las propias alumnas de mi centro de mantenimiento físico fueron las primeras en hacer un bote para ayudarme con los gastos del viaje”, cuenta Carlota, que apunta también a la ayuda imprescindible de familiares y amigos. “La idea fue mía, pero somos cuatro amigas –Lourdes, Paula, Eliana y yo– entre muchas otras personas, las que lo hemos hecho posible”.


El viaje de regreso, ya con Lidia, Lena, Rita y Polina, fue “muy duro emocionalmente”, ya que el miedo y la incertidumbre de llegar a un nuevo lugar hizo mella en estas chicas refugiadas, aunque con el paso de los días la situación se ha normalizado. “Al principio desconfiaban de nosotras. No sabían si realmente las llevábamos a un nuevo hogar o a otro sitio, pero ahora pasamos de ser tres a ser familia numerosa”, afirma Carlota con una sonrisa.


Falta de información

En los últimos días varias familias acogedoras de las comarcas de Ferrolterra, Eume y Ortegal han mantenido un encuentro para poner en común la situación de las personas que han acogido y los problemas y situaciones a los que se enfrentan ahora.


“Se está anunciando que todo ucraniano que venga a España contará con todas las ayudas disponibles y no es así”, explica Carlota, que incide en que cada caso en particular es diferente y que la falta de información por parte de las administraciones complica el proceso de acogida y la posterior adaptación de las personas refugiadas. “Pese a ello, animo a todo aquel que pueda a que acoja en su casa a estas personas que huyen del horror”.


Lluvia de altruismo

Carlota destaca la buena acogida que los habitantes de Valdoviño han brindado a sus nuevas vecinas. “Todo el mundo se ha involucrado personalmente de una forma increíble, incluso algunos negocios nos han ayudado con esta situación”, añade.


Es el caso de Paco, del restaurante El Gitano, que alimenta a diario –de forma gratuita– a estas cuatro refugiadas. “Estamos muy agradecidas de que el destino nos haya juntado con Paco”, sostiene Lena. “Cuando llegué a España no me esperaba tal apoyo de los lugareños”, añade por su parte Rita, que hace hincapié además en la gran acogida que tuvo su hija, Polina, en el colegio Atios de Valdoviño. “La trataron con toda la comprensión y le proporcionaron una tablet para que se pueda comunicar con el maestro y sus compañeros”, explica agradecida, también, con los padres de los nuevos compañeros de escuela de la pequeña.


Otro de esos negocios volcados ha sido la Farmacia Romero Rico, que colaboró con “un pequeño peto” de ropa, toallas, artículos de botiquín e higiene, que recogió con la ayuda de los vecinos.


Huyendo de la barbarie

Salir de Ucrania no fue tarea fácil. Era conocido por todos que las tropas rusas se acercaban al país, pero tal y como explica Rita, no se esperaban lo que poco después iban a vivir. “A las cinco de la mañana sonó el teléfono. Recibimos un mensaje del profesor de Polina, advirtiendo de que ya no habría escuela”, comenta. Pocas horas después llegaron las primeras explosiones y Rita decidió, por el bien de ambas, salir de Irpin –a 10km de Kiev– para reunirse con sus primas Lena y Lidia, que contaban con un búnker debajo de su casa. “Fue todo muy rápido. Apenas pude despedirme con la mirada”, recuerda entre lágrimas. “Los orcos –así llaman a los soldados rusos– querían destruir todas las infraestructuras para dejarnos sin luz, gas y agua”, añade, mientras comenta que las ventanas de su casa saltaron por los aires con uno de los ataques.


Ya en Kiev, las cuatro sobrevivieron bajando al sótano cada vez que se sentían amenazadas por los bombardeos, hasta que decidieron emprender la huida. “Todos los días escuchábamos tiroteos y bombas muy cerca de nuestra casa. Era aterrador”, afirma Lena. “No tenía sentido aguantar allí mucho más tiempo.”


Después de un duro viaje, con la ayuda de familiares, consiguieron llegar a la estación y coger un tren que las alejó del centro de la ciudad. Posteriormente un bus las transportó hasta la frontera polaca. “Hicimos el viaje en pésimas condiciones. En el camino nos encontramos con muchas mujeres y niños huyendo del horror como nosotras”, añade, por su parte, Lidia. Una vez allí, la asociación YùHe les brindó un autobús hasta Valencia, donde Carlota Manrique las estaba esperando.


Choque de culturas

Llegar a un lugar nuevo no es fácil y menos en las circunstancias en las que lo han hecho ellas.


En estos primeros días Rita, Polina, Lena y Lydia tratan de reconfigurar sus vidas sin dejar de pensar en que, realmente, desean que todo termine para regresar a Ucrania con sus seres queridos. Mientras tanto, han tenido la oportunidad de conocer los alrededores de su nuevo hogar, visitando, por ejemplo, la playa de A Frouxeira o presenciando la Semana Santa ferrolana, una tradición que les ha impactado. “En un primer momento nos ha dado mucho miedo. Nos parece un poco siniestra y tétrica”, explican. Pese a todo, disfrutaron del Santo Encuentro el pasado viernes –como unas ferrolanas más–desde uno de los balcones de los edificios de la plaza de Armas.

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