sábado 21.09.2019

San Diego

Continuamos hoy nuestro virtual paseo urbano –que, al parecer, es del agrado de bastantes personas que así me lo han hecho saber– para poner la atención en una calle, para mí, especial: la calle de San Diego. 

Una vista actual de la calle San Diego
Una vista actual de la calle San Diego

Continuamos hoy nuestro virtual paseo urbano –que, al parecer, es del agrado de bastantes personas que así me lo han hecho saber– para poner la atención en una calle, para mí, especial: la calle de San Diego. Quienes hayan leído mis dos artículos anteriores, publicados aquí recientemente, saben que su objetivo no va más allá que el de hacer un somero estudio de los nombres de nuestras vías urbanas, porque esos nombres, cada uno de ellos, es una síntesis evocadora de un espacio temporal histórico de Ferrol, y de acuerdo con ello, la calle de San Diego nos transporta a un momento determinante de la vida local, el momento en que en la segunda mitad del siglo XVIII, una vez confeccionados los planos de lo que tenía que ser la población de nueva planta, elaborados por eminentes personajes de la época, entre los que destaca el gran científico y marino Jorge Juan, comienza su construcción precisamente aquí, para continuar hacia levante, es decir, de oeste a este. Hoy en día, esta calle es el límite occidental del barrio de A Magdalena, tan significativo en la vida municipal que incluso tiene normativas urbanas distintas y más exigentes a las de otros barrios. Resulta tentador hacer aquí referencia a edificios que forman parte de la calle (y otros desaparecidos) y sucesos aquí ocurridos, pero eso sería salirse de la línea argumental que aquí se persigue; el nombre.
Hablemos, pues, de los nombres: lo primero que debe señalarse, es que cuando se pone el nombre a la calle –allá por el último cuarto del citado siglo XVIII– ese nombre debería haber seguido de forma indeleble hasta el final de los tiempos, como afortunadamente ocurrió con su paralela más próxima, Arce, que ya ha sido aquí objeto de estudio. Pero la historia, el pasado, no podemos cambiarlo –pese a que algunos lo intentan–, y la calle San Diego durante una parte del siglo pasado, se llamó, al menos oficialmente, calle Ramón Franco, recuperando más tarde su nombre original, esperemos que de forma definitiva. Así pues, hoy tendremos que hablar no de dos personas, como parece a simple vista –San Diego y Ramón Franco- sino de tres. Luego veremos por qué.
Empecemos por Ramón Franco, para centrarnos enseguida en su nombre más importante. El menor de los hermanos Franco Bahamonde –Nicolás, Francisco y Ramón, además de una hermana, Pilar– fue un ser controvertido, como militar, como aviador, político...,  en definitiva, como persona. Desde luego, distinto a sus hermanos en muchas cosas. Ferrolano, de su biografía destaca quizá su arrojo y valentía rayana en la temeridad. Ha pasado a la historia como aviador por una hazaña en sus tiempos asombrosa: el vuelo del hidroavión “Plus Ultra” desde Palos de Moguer (Huelva) a Buenos Aires (Argentina) –con escalas, por supuesto– en 1926, lo que significó la primera travesía del Atlántico Sur efectuada por un hidroavión. A partir de ahí, ya fue una figura famosa y popular. En 1929 intentó otro vuelo trasatlántico: de Los Alcáceres (Murcia) a Washington (EEUU), pero el aparato cayó al mar y él, tras unos días perdido, fue recogido por un buque de guerra inglés. Fue político, conspirador y estuvo en la cárcel –de donde logró fugarse. Murió a los 42 años, durante la Guerra Civil española ¿se imaginan cómo?, pues sí, al caer su avión en el Mediterráneo. 
Recuperado su original nombre de San Diego, procede aclarar en primer lugar, que, en contra de lo que a simple vista parece, la calle no está dedicada a este santo de la Iglesia Católica de forma directa, sino que se le dedica a él pensando en honrar a otra persona. Intentaré explicarme: en la actualidad, si se pretende dedicar a alguien –de la realeza, de la ciencia, de la política, del deporte, etc, etc.– una calle, un parque, un edificio, o cualquier otra cosa, se pone su nombre directamente; así por ejemplo, en Ferrol tenemos el parque Raiña Sofía, la rúa Concepción Arenal, la del Doctor Fleming, Alcalde Usero, y varios ejemplos más. No siempre fue así; unos siglos atrás, si se pretendía dedicar una calle, un castillo..., a una persona, no se ponía directamente su nombre sino el de su santo. También en Ferrol tenemos un buen ejemplo: el castillo de San Felipe lleva ese nombre porque se le dedicó al rey Felipe II. En esa línea hay que interpretar el nombre de la calle que hoy nos ocupa. Se le llama San Diego en honor de Diego de Argote y Muñoz de Baena. En consecuencia, parece lo más acertado recordar aquí quién  fue uno y otro, el santo y el marino.
Empecemos por San Diego de Alcalá; hoy en día, me temo, no está muy de moda hablar o leer vidas de santos y  creo además que este santo no es de los más conocidos. Si lo fue, sin embargo, en otras épocas, al menos en aquella España en la que no se ponía el sol. Fijémonos en dos ejemplos: a principios del siglo XVII, Sebastián de Vizcaíno dio del nombre de San Diego a una bahía de California, pero es que, además, el barco en el que navegaba se llamaba San Diego. Siglo y medio más tarde, tenemos a un fraile español –el mallorquín, fray Junípero Serra– recorriendo lo que hoy es el estado de California, fundando misiones con nombres de santos, muchas de las cuales son hoy grandes ciudades, y una de ellas es San Diego. San Diego de Alcalá nació en un pequeño pueblo de la provincia de Sevilla, el año de 1400 en el seno de una humilde familia. Desde muy joven  dio muestras de querer llevar una vida de sacrificio y oración. Abandonó el hogar familiar para vivir con un ermitaño, hasta que ingresó en un convento de franciscanos cerca de Córdoba. El año 1441 se trasladó a las islas Canarias -que ya pertenecían a Castilla- al convento de Fuerteventura; allí permaneció ocho años, durante los cuales se extendió su nombre como ejemplo de santidad. En 1450 viajó a Roma con otros muchos miembros de la orden franciscana; durante su estancia en la ciudad eterna una plaga asoló la ciudad y el convento donde vivía Diego se convirtió en un improvisado gran hospital y allí dejó él muestras de su sacrificio, fervor y dedicación. Tras su estancia de 13 semanas en Roma, fue enviado a España, al convento de Santa María de Alcalá de Henares. Allí permaneció hasta su muerte en 1463. Su canonización –declaración oficial de santo- la hizo el papa Sixto V en 1588; se le habían atribuido muchos milagros, pero el que más fuerza proporcionó para su canonización fue la curación, nada menos que del hijo del Rey Felipe II, Carlos, de 17 años, que había sido desahuciado ya por los médicos tras un grave accidente sufrido una noche en que cayó por las escaleras cuando iba a reunirse con una joven. Esa es, a grandes rasgos, la historia de un fraile, hermano lego de la orden franciscana, que se distinguió por su caridad con los humildes. Su fiesta es el 13 de noviembre. Gozó de gran popularidad en otros tiempos, como dan muestra los cuadros retrato del santo firmados por grandes pintores –Zurbarán, Murillo o Ribera– o escultores como Alonso Cano; en el campo literario, el gran Lope de Vega escribió una obra de teatro titulada “San Diego de Alcalá”.
Conocido ya el titular de la calle ferrolana que va en línea recta, y en cuesta, de la calle de la Iglesia hasta Canido, -por cierto, muy próxima a la iglesia de San Francisco, en pasadas épocas convento de la orden franciscana a la que pertenecía San Diego-, vamos a recordar a quien realmente se pensaba honrar, don Diego de Argote. En cierto modo no es necesario decir aquí mucho, ya que recientemente –domingo 24 de abril– un conocido escritor, colaborador de este diario, Juan J. Burgoa, firmó un muy completo y documentado trabajo a él dedicado, de manera que bastará con hacer unos apuntes a título recordatorio.
Diego de Argote nació en Córdoba en 1716; desde 1733, fecha de su ingreso en la Armada, a ella se dedicó plenamente. Eran tiempos muy duros de continuas batallas navales, especialmente contra los ingleses. Su historial naval es intenso y brillante y Ferrol había sido para él un puerto bien conocido en varios momentos de su vida profesional, pero a partir de 1770, será ya su residencia profesional desempeñando el cargo de Gobernador Militar. 
El último cuarto del XVIII fue de permanente crecimiento del Arsenal y la población con el trabajo y esfuerzo de todos sus habitantes, pero con la fortuna también de contar con la dirección en el campo militar de personas como Argote, el ya aquí presentado Arce, y otros, y también autoridades civiles como un excelente alcalde, asturiano; todos ellos actuaron con plena dedicación, altura de miras y procurando el bien colectivo. Un pueblo necesita siempre referentes personales ejemplares, especialmente en tiempos difíciles, y Ferrol los tuvo en aquel momento. Diego de Argote alcanzó el empleo de Teniente General de la Armada, y murió en Ferrol a los 93 años. A él está dedicada esta calle, interesante en muchos sentidos, ya desde su origen, en el antiguo Campo del General. Pero eso es otra historia.

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