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Un estudiante de arquitectura investiga la historia de las galerías de Ferrol

Las galerías acristaladas de Ferrol constituyen hoy un signo de identidad que comenzó a instaurarse en las ciudades del noroeste gallego en el siglo XVIII | jorge meis

Cristóbal Espiñeira Liberal, actual estudiante de máster de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, publicó a principios de este año un trabajo de investigación sobre las galerías acristaladas de Ferrol. Se trata de un elemento que ya es considerado como tradicional, aunque sus orígenes y causas de éxito no estaban tan clarificadas.
 

Las aportaciones de Espiñeira en el ámbito académico revelan conocimientos de gran valor histórico al trascender a la sociedad, en concreto sobre un tema tan específico de Ferrol, que el autor estudió a fondo.
 

Controversia 

La galería supuso una revolución sobre las normas que regían la buena composición de un edificio. Hay registros acerca de las de A Coruña que se pueden extrapolar a las ferrolanas, que relatan que cuando se comenzaron a instalar, las autoridades y figuras representativas de la época mostraron su rechazo debido a que rompían con la tradición.
 

En la década de 1790 ya existen claras muestras de expansión del elemento arquitectónico, entre otros motivos por su bajo coste y el espacio adicional que proporciona, en conexión con la calle. Las protestas vecinales que tumbaron la intención de demoler las galerías coruñesas, registradas en el Libro de Actas de la Junta de Policía Urbana de la ciudad, evidencian la defensa por una parte de la población de sus nuevas extensiones que les enlazaban con la vía pública.
 

No obstante, las críticas continuaron años más tarde, cuando algunas de las principales personalidades literarias de la época rechazaban el elemento arquitectónico por apego a lo tradicional, de forma más o menos directa. Según el estudioso, un ejemplo de clara crítica es la de Emilia Pardo Bazán, quien opinaba que con la galería se había construido “un conjunto apelmazado de insípidas grilleras, de tan necia regularidad que recuerdan el encasillado de la necrópolis” y se debía volver a “edificar lo nuevo al modo antiguo”.
 

De todas formas, Espiñeira también afirma en su trabajo que existieron otros autores anteriores y coetáneos que ensalzaban el aspecto que daban las galerías a las ciudades gallegas. En definitiva, esta pieza acristalada ya alcanzaba ciertas cotas de éxito, aunque hubiese distintos puntos de vista al respecto. “Para las autoridades, la galería suponía una intromisión en la vida pública; para los vecinos, un espacio que ofrecía nuevas condiciones para el habitar”, sostiene el texto del investigador.
 

Vínculos

El investigador encontró una relación entre la galería acristalada y el ámbito naval, que parte de diversas cuestiones dispares. En primer lugar, se origina a través de la importación del necesario vidrio plano a Ferrol, además del impulso que supuso la carpintería de navegación para la introducción de estos nuevos elementos en la arquitectura residencial de Galicia.
 

Espiñeira también localizó una serie de paralelismos en el aspecto ambiental, como la reproducción de la idea de la galería de popa de los barcos en las fachadas de la ciudad. De la misma forma que en las embarcaciones, la adición de ornamentos simbolizaban la jerarquía social.
 

Otra vinculación que realiza el autor es la de la galería con las soluciones de invernadero, ya que ambos parten de la idea de ambiente generado de forma artificial. Los dos recursos se aprovechan del concepto de la “trampa solar”, aunque el estudioso también observa el importante aliciente que supone en el ámbito gallego el hecho de añadir una capa impermeable al muro de la vivienda.
 

Continuando con más causas sociales, el elemento arquitectónico funciona como palco de la vida privada, refugiado de las inclemencias meteorológicas y que permite asomarse a observar el exterior. Sumado a esto, posibilita la visión sin ser visto, algo que en múltiples ocasiones se ha relacionado con las mujeres debido a que por aquel entonces su vida se limitaba casi exclusivamente al hogar.
 

Así pues, mirar por la galería era uno de los pocos entretenimientos compatibles con ciertas tareas. De la relación de las mujeres con las galerías da testimonio el nombre de costurero, una actividad destinada en la época exclusivamente al sector femenino. El término define a la galería en vanos alternos. Es decir, vano en arquitectura se podría traducir en un espacio vacío, por lo que este tipo serían aquellas que sólo ocupan uno de esos huecos, por lo tanto son más cortas.
 

Los costureros se han convertido en un rasgo habitual de las edificaciones ferrolanas. La nomenclatura parece explicitar su uso. Los costureros solían instalarse en la primera planta del edificio, aunque Espiñeira admite que no se ha encontrado una norma que rija sobre la separación que constituye el trazo definitorio  de este tipo de piezas.

Un estudiante de arquitectura investiga la historia de las galerías de Ferrol

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