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Turismo de catástrofes

Incendio | EP

Que tenemos una especie de atracción irresistible hacia las desgracias ajenas no es novedad. Pero en los últimos tiempos hemos desarrollado un nuevo gusto por inmortalizar la devastación para almacenarla entre las fotos de pies con piscina de fondo y las de desayunos con huevo poché y tostada de aguacate. Y no dudamos en acudir cual polilla a la luz allá donde se haya producido el desastre. Lo mismo nos cogemos un avión para sobrevolar una isla cubierta de ceniza que nos hacemos nosecuantos kilómetros en coche para llegar a lo que antes era un monte verde y ahora es un cementerio de árboles calcinados. Lo de ponernos en riesgo sin necesidad también es una cosa muy humana. El caso es que ese turismo de catástrofes parece un nuevo filón. A los afectados por los incendios igual les compensaría más buscar rédito organizando tournées por las zonas devastadas que confiar en que lleguen ayudas públicas.

Turismo de catástrofes

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