Entre copas anda el juego

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Leí Paulina cuando tenía poco más de diez años. Creo que sin saberlo, aquella niña diferente a la mayoría marcó mi vida para siempre y me invitó a sumergirme- sin pedir permiso alguno- en las profundidades del alma de todos aquellos a los que fui conociendo.


De algún tiempo a esta parte y, quizás por el exceso de información del que teóricamente disfrutamos en esta era moderna, visualizar las noticias en el televisor es algo así como realizar un ejercicio de auto lesión. Cada cosa que sucede a nuestro alrededor es peor que la anterior. Todo parece podrido porque, quizás, todo deba volver a empezar de una forma diferente e inspirada en los principios y valores de antaño. En esos que la autora de Paulina procuró transmitir a una generación de la que yo formo parte. Al igual que sucede en las familias, con las casas, los amigos o el trabajo; de vez en cuando y tal y cómo consiguió hacer mi querida protagonista, hay que reinventarlo todo para poder seguir viviendo y cargarnos de esa ilusión de la que algunos son capaces de hacer gala una y otra vez, mientras que otros simplemente se dejan llevar por contagio.


Paulina me enseñó que en las diferencias entre personalidades se esconde la riqueza de espíritu, que al amor hay que darle visibilidad y que la amistad no entiende de condiciones sociales. Había en ella algo demasiado bueno para ser real que, en mi más tierna infancia busqué sin tregua y que de forma instintiva sigo buscando incansablemente.


Su autora, Ana maría Matute, solía repetir que un gin-tonic proporcionaba una lucidez fantástica. Será por eso que pudo crear al que a mi parecer es su personaje más memorable. El problema de la gente es que no sabe tomar solamente uno y, a partir de ahí, les cuesta encontrar el equilibrio entre la más pura lucidez y la completa ausencia de ella.


El amor que transmite en su obra la genial novelista, tiene mucho que ver con el hecho de que querer a alguien de verdad es decir: “Te veo y te reconocería aunque no pudiese verte”. Y con las parejas que se quieren, sucede lo mismo. Aunque no estén juntas, se miran. Se buscan.


Así que si ustedes tienen la suerte de que les busquen y la satisfacción de buscar al ser querido; procuren verse, mirarse y tengan cuidado con la lucidez, porque, a veces, un exceso de la misma puede acabar siendo confundido por el otro por indiferencia y, la ausencia total de ella, puede llevarnos a hacer tonterías de las que nos arrepintamos para siempre.


Mi consejo es que, si sienten amor, procuren darle visibilidad. Lo invisible es como si no existiese. Algo así como no atreverse a hacer nada por miedo a equivocarse, cuando, quizás, la mayor equivocación en la que puede incidir un ser humano, consista en no tener el valor de ser uno mismo y en pasarse la vida disfrazado de quien en realidad aprendió a ser.


Contenerse hasta el extremo, programarse para no dar en exceso, o preservarse para no sufrir; nos convierte en autómatas. En seres vacíos de sentimiento a fuerza de contenerlo. En actores secundarios de una película y en personas descafeinadas.


Así que tómense un gin-tonic- o lo que prefieran- y alcanzarán la lucidez perfecta para querer y para ser 

queridos o, al menos, para saber si son correspondidos… Pero eso sí, como decía la genial escritora, solamente uno.

Entre copas anda el juego