Nueva masculinidad

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Recibo informaciones sobre la Nueva Masculinidad, promovida por doña Ada Colau, y confieso que a pesar de algunas iniciativas deslumbrantes, como cuidar de un huevo de gallina durante una semana, me parece que el propósito se queda algo alicorto, tímido, y escasamente revolucionario.


Por ejemplo, en la búsqueda de un nuevo prototipo masculino que se aleje de la tradición, creo que no se aborda para nada la cuestión del vestuario, que me parece fundamental para despojar a la virilidad tradicional de determinados roles difíciles de erradicar.

Recuerdo que, en el siglo pasado, ese gran científico experto en vacunas, llamado Miguel Bosé, llevó a cabo una iniciativa que no pasó inadvertida, y fue presentarse en un acto social ataviado con una falda. Larga, eso sí, pero en la nueva masculinidad por la que aboga la señora Colau podríamos avanzar muchísimo, si promoviéramos la minifalda para los hombres. Una minifalda nos acostumbraría a sentir esa fragilidad de agacharnos y cruzar las piernas, con el cuidado de no mostrar los calzoncillos.

Y ya que hablamos de calzoncillos, rompamos los prejuicios y dejemos de usar esos calzoncillos espartanos, sin una puntilla, sin un encaje, e intentemos aproximarnos a una igualdad real en el atuendo. Comprendo a doña Ada Colau, que predica con el ejemplo, y no cae en la tentación de la femineidad antigua, ni mucho menos, y se esfuerza en alejarse de la imagen de la mujer objeto para acercarse a la del clásico estibador, capaz de descargar sacas de harina, apoyados en esos hombros robustos.

Que no tenga miedo. Si ella es capaz de masculinizarse, nosotros –los progresistas, los modernos– seremos capaces de afeminarnos lo que sea menester con tal de llegar a los objetivos propuestos. Pero, eso sí, sin detalles timoratos, ni complejos. Por ejemplo, en lo del huevo de gallina creo que la señora Colau se queda corta, y yo propondría echarle dos huevos al proyecto. Más difícil claro. Pero con un par de huevos demostraríamos de lo que somos capaces.


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