La firma del Rey

|

Pese a la multitudinaria manifestación del domingo en la madrileña plaza de Colón, en la que miles de asistentes emplazaban al Gobierno para que no indultara a los políticos catalanes que cumplen condena por graves delitos de sedición y malversación de caudales públicos, todo indica que Pedro Sánchez tiene intención de seguir adelante con su proyecto.

Puede que estemos en puertas de que en los próximos días someta las medidas de gracia a la firma del Rey según establece el ordenamiento establecido para este tipo de acuerdos del Consejo de Ministros. Llegados a ese escenario, qué duda cabe de que será un acto que dejará huella en el ánimo del monarca. No debemos olvidar que en aquellas jornadas de alta tensión vividas en las calles de las principales ciudades de Cataluña y de tibieza conceptual en el Gobierno presidido entonces por Mariano Rajoy, la intervención televisiva de Felipe VI el 3 de octubre de 2017 fue decisiva para despejar cualquier asomo de duda respecto del obligado cumplimiento de las leyes al que todos estamos sometidos.

Aquél día -tras la breve alocución del Rey- los políticos sediciosos, sus seguidores y sus turiferarios mediáticos comprendieron que habían ido demasiado lejos por una ruta que rebasaba el marco constitucional. Después actuó la justicia. Juicio con plenas garantías en el Tribunal Supremo. Desde el momento mismo en el que el Rey, en uso de sus facultades constitucionales, intervino, fue declarado persona “non grata” por los políticos separatistas rencorosos porque había actuado como baluarte de en defensa de la Constitución. De aquella situación es de la que parece haberse olvidado Pedro Sánchez, un político contorsionista que hace poco todavía defendía con aparente convicción que no se podían conceder indultos a quienes no manifestaban voluntad sincera de no repetir las conductas que habían dado con sus huesos en la cárcel.

Sánchez, que a veces parece que olvida que sólo es el Presidente del Gobierno de un país democrático -no su dueño-, utiliza los resortes del Estado a conveniencia de su estrategia de pura supervivencia política. Al precio incluso de traicionar sus propias palabras.

Aunque ahora parecería que hablamos de un horizonte lejano ,más pronto que tarde, este tipo de conductas acabaran pasándole factura. Al tiempo.

La firma del Rey