El deportivismo se aleja cada día más del equipo

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UNO se acostumbra a lavarse las manos antes de comer y el día que Emalcsa corta el suministro, se sienta a la mesa y tiene la impresión de que todo va a estar soso. Uno se acostumbra a coincidir en el bar de la esquina con la frutera del barrio a la hora del aperitivo y el día que ella se va directa a casa tiene la impresión de que la caña no tiene espuma. Uno se acostumbra a ver los partidos del Deportivo y el día que no le meten una goleada tiene la impresión de que le falta algo. Salvo que sea seguidor del equipo blanquiazul, porque ese día –cada vez más raro– hasta se le escapa una sonrisa cuando el árbitro pita el final del encuentro. ¡Cuánto se echan de menos esas sonrisas! y, en cambio, ¡cuánto se echan de más los enfados!, porque eso es lo que consiguen jornada tras jornada los jugadores, que los aficionados se indignen. Durante la semana, muy buenas palabras, pero sobre el campo nada cambia; bueno, sí, algo cambia, el desapego de los seguidores es cada día mayor, porque se pueden perder los partidos, incluso por goleada, pero cuando se bordea el ridículo, lo único que se consigue es provocar pesadillas a quienes sueñan con un escudo y unos colores. FOTO: cristóbal en anoeta | alfaquí

El deportivismo se aleja cada día más del equipo