Del descontento a la desesperación (y II)

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Las personas deben ser el elemento esencial de nuestros gobiernos. Por ello, deseo que todos los moradores del mundo puedan construir juntos espacios de convivencia, a través de los diversos puntos de concurrencia, que es lo que en definitiva nos engrandece como humanidad.


Dicho lo cual, mantengamos viva la llama de la conciencia colectiva, a pesar de los muchos pesares que nos asolen, ya sea por los contextos envenenados o la memoria de los horrores acontecidos ya, porque lo importante al fin es renacer, tender puentes, romper ataduras de intereses, sembrar conciliaciones y reconciliaciones, esparcir sueños y enhebrar anhelos, pues vivir a todos nos pertenece y a todos nos obliga a dar testimonio de nuestra generosidad hacia el semejante. Indudablemente, es posible un camino de paz. El punto de inicio debe ser la mano tendida y extendida siempre. Porque hoy por mí y mañana por ti, todos necesitamos de todos. Esta es la pura realidad que nos interroga y debe tranquilizarnos.


Lo que no es de justicia es machacarse uno así mismo, por los sistemas de lucro egoísta y las tendencias ideológicas que nos repelan entre sí, confundiéndolo todo y destrozando los principios y valores que nos armonizan. Ojalá aprendamos a restaurarnos como especie pensante. De nosotros dependen, tanto esa reparación humanística encaminada a dignificarnos como también esa reposición forestal, que será lo que nos ayude a afrontar esta doble agonía, la del clima y de la biodiversidad. No olvidemos la lección que, a su vez, la pandemia nos ha legado, poniendo de relieve lo endebles que florecemos y lo interrelacionados que estamos.


Está visto, pues, que si no nos cuidamos entre sí el mundo desfallece. Cada verso es un latido necesario para ese poema interminable que ha de ser de gozo y alegría, todo lo contrario a lo que vivimos en la actualidad. Esta es la cuestión. Somos hijos del amor y hemos de amarnos (no odiarnos). Somos inspiración y hemos de crearnos y recrearnos (no atormentarnos). Somos, sí somos, dejémonos ser parte del poema (no injertemos pena). Vuelvan los poetas a tomar la tierra hasta convertirla en cielo.

Compasión y pasión por la empatía. Regrese la poética.

Del descontento a la desesperación (y II)